FINAL (RELATIVAMENTE) FELIZ

Earthworm-Thinkstock-101455308-335lc071913FINAL (RELATIVAMENTE) FELIZ.
Cuento con suicida dentro.

Los últimos golpes contra las rocas fueron muy dolorosos. Sangraba. Sin gafas, apenas reconocía nada a su alrededor, sólo colores fuertes, olores penetrantes, la luminosidad cenital de aquel paraje. Con sus manos sanguinolentas, rebozadas en una capa de polvo terroso, se tocó la cara, restregó sus palmas contra la piel herida de la frente, manchó por completo su cabeza. Estaría irreconocible, acaso monstruoso. Latidos por todo el cuerpo le informaban de que todo él se había hinchado. Pasó un tiempo sintiendo cómo aumentaba la hinchazón en todos sus miembros. El tacto era ya una quimera: su piel recibía extrañas señales de la realidad. Estaba todo tan desenfocado en sus ojos como a lo largo de todo su cuerpo. Incluso el dolor, los dolores, estaban desenfocados, irreconocibles, sólo lejanamente parecidos a los que había conocido en su vida. Era ya incapaz de calcular el tiempo que llevaba dedicado a esta investigación psicosomática. Todo él había sido siempre absolutamente psicosomático: primero con la clásica pe inicial, después con esa ridícula ese moderna que, en cualquier caso, no parecía variar mucho el sentido de su mal, de sus males. De niño ya le decían que todo era cosa de nervios. Hacía muchos años que supo que, en realidad, la vida entera de un ser vivo era cosa de nervios, así que aquella afirmación le pareció tan insidiosa y mendaz de niño como de adulto. En cualquier caso, prefería que lo suyo fuese psicosomático, con la p de los griegos.

Algo en movimiento hizo sombra junto a él. Le pareció que le hablaba una voz ronca, desgarrada, irritante, molestísima. Aun en su estado podía haber cosas que hicieran su sensibilidad, como esa voz. No entendía nada. Como si junto a su cara hiciera ruido un motor averiado. Y ese motor olía espantosamente. Un poco más de aquel aliento y vomitó. Vomitar multiplicó inconmensurablemente su sensación total de dolor. Y aquella voz y aquella presencia y aquel hedor seguían junto a él. Entonces recordó su plan. Y sobreponiéndose a todo musitó:

-¿Me deja que se la chupe?

Se hizo un silencio casi total. Pájaros o alimañas o movimiento de raíces o agua burbujeante entraban en su cerebro por sus oídos, como un alambre, removían allí dentro y lo destrozaban todo. De aquel casi silencio surgió de nuevo el ruido del motor, el hedor de aquel aliento. Le estaban preguntando algo. Era una pregunta o una exclamación. No ver los signos de puntuación tiene eso: que muchas veces dudas si quieren saber algo, te insultan o te riñen. En este caso parecía que ambas tres cosas a la vez. Hizo acopio de valor, si eso era valor, y repitió:

-¿Me deja que se la chupe?

Más que grito aquello fue un graznido, seguido de una carcajada rasposa haciéndose paso entre un montón de mucosidad apelmazada. La sombra de aquel ser, al parecer humano, se movía frente a sus ojos, pegada a esa misma tierra que los cegaba y de la que recibía frescor. Cuando cayó allí abajo era mediodía, de eso estaba seguro. Así que habían pasado suficientes horas como para que esa tierra calcinada se enfriase. ¿O era él mismo quien emitía el frío? No. Era un frío con sabor a tierra y a roca y a plantas silvestres. No era un frío suyo sino de la tierra. Comenzaba el anochecer.

De repente, entendió algo de lo que le decían. Algo así como:

-¡Animal! ¿Eso quieres? ¿Eso quieres? ¡Y tal como estás! ¡Animal más que animal!

Había más jocosidad que otra cosa, le pareció, en el tono. Así que a lo mejor era posible… La voz siguió, ahora girando a su alrededor. No sentía sus pasos, ni el movimiento de su cuerpo, sólo el movimiento de su voz. Se le cerraban los ojos y deseaba dormir. Tiritaba. La sangre, su sangre, le empapaba viscosa y fría. No tenía mucho tiempo. Insistió, cambiando la persona del verbo: un acercamiento acaso necesario.

-¿Me dejas que te la chupe?

-¡Animal! ¡Mira que eres animal!

Pero unas manos enormes, duras y rasposas cogían su cabeza mientras algo se le acercaba como titubeando, a trompicones, a los ojos, a la nariz, a la mejilla izquierda, por fin a la boca. Era un miembro viril, un pene, un carajo, una polla. Y estaba entre sus labios, cálida y suave. Parecía mentira que aquella polla tan apetecible perteneciese al mismo hombre cuya voy y cuyo aliento espantaban. Su polla no. Rezumaba una humedad perfumada en la que se distrajo un rato, besando lentamente un glande desnudo, un capullo abierto a la noche. Luego lo atrajo hacia su lengua con sus labios ardientes. Dentro de su boca, entre la lengua y el paladar, aquello era un bocado exquisito, cuyo deleite hizo que sus entrañas temblaran en la más absoluta intimidad de su ser. Cuando quiso darse cuenta tenía la garganta llenándose de semen, que tragó con voracidad. Ese licor caliente le infundía vida. Lloró de placer y de agradecimiento. En medio de un dolor terrible y de una confusión casi total, beber esa mamada resultaba lo más parecido a recibir analgésicos, medicinas, limpieza, cuidados, una cama, sábanas suavísimas y almohada en la que reposar una cabeza que amenazaba con ocupar, en su hinchazón, todo el espacio, todo, machacando contra los confines del universo todo lo creado, animal, vegetal o mineral, ciudades, utensilios, vehículos, personas de toda raza y condición, incluida la persona a la que perteneciera la polla que aún mantenía, ya relajada y tierna, dentro de su boca. Nunca había sido tan feliz. Al menos no con esa felicidad que contrastaba radicalmente con el dolor y la desesperación que se apoderaban de su cuerpo y de su espíritu.

-¡Lo que hay que hacer!, escuchó entre tinieblas.

Despertó, si eso fue despertar, sobre unas pajas pringosas, bajo una manta cuartelera. Tiritaba febril. ¡Ah, lo inevitablemente psicosomático!

Una luz amarilla, mortecina, hacía una penumbra casi inescrutable. Cerró los ojos. Si durmió, volvió a despertar, y esta vez con aquella bebida pastosa que le extasiaba bajándole por la garganta. Lamió sus propios labios. Seguramente volvió a quedarse dormido. No sabía ya cuántas veces había despertado para gustar de aquel elixir. Agua y semen fue su dieta durante algunos días. Después se incorporó a ella un poco, muy poco de pan. Cada mañana el borracho aquel empujaba su cuerpo hacia un lado y cambiaba la paja y añadía hojas de periódicos. El hombre también se ocupaba de limpiar su cuerpo de sangre, suciedad y excrementos. Percibía, en sus bruscos pero exactos movimientos, algo parecido a la compasión. Y en él mismo sintió crecer la confianza: agua, pan, semen, confianza y descanso fueron proporcionándole un revivir que nunca se hubiese atrevido a esperar.

Su intento de suicidio, pues, había fallado. Vivía. En condiciones indudablemente extrañas, pero vivía. No había conseguido su propósito, y eso a ratos le mortificaba. En el interior de su interior, el deseo de la muerte no se había extinguido.

-¿Pero no estás mejor vivo, pedazo de animal? ¡La única forma de estar es estar vivo! ¡Morir! ¡A qué viene eso! ¿No te hubieras perdido alguna cosa interesante?

Al decir esto último su tono cambió y también su expresión, que se hizo francamente amistosa y pícara.

-¡Pedazo de animal!

Aquellas dos palabras, saliendo de entre sus barbas sucias apestosas a mal vino, sonaban agradables y cariñosas. Sus ojos chispeaban, sus manos temblorosas adquirían vida propia y expresaban a su manera otros mensajes para otra conversación acaso venidera, o tal vez imposible. Su enormidad física no podía evitar que pareciese a menudo mucho más pequeño. Eso se debía seguramente a su forma de andar y, en general, de moverse y, sobre todo, a su gesticulación. En plena perorata parecía incluso rejuvenecer. ¿O no era tan mayor como parecía cuando estaba callado y quieto, cuando se alejaba o quedaba dormido? Ni él ni el otro se habían dicho sus nombres respectivos. Él, para sus adentros había bautizado al bruto Robinsón. Y a sí mismo se había dado el nombre de Viernes. Eso le divertía. ¿Quién era el más náufrago allí, el más civilizado, el más ingenioso? Y en definitiva, ¿quién tomaba en sus manos el destino de ambos?

Pasaron varios días entre cuidados diversos. Su caída por el barranco había sido una enormidad. Mantuvo fija en su mente una ilusión. Eso también le curaba. En cuanto pudo moverse con alguna soltura, se lo pidió:

-¿Me podrías dar por el culo?

Robinsón le miró sopesando su propuesta. Decididamente aquel suicida estaba obsesionado con el sexo. ¿Qué coño había sido su vida? Estuvo a punto de sacarle a tortazos de su covacha y hacerle alejarse de allí para siempre. Un escalofrío de placer, sin embargo, le advirtió de lo equivocada que sería esa medida. ¡Le daría por el culo todo lo que quisiera!¡Vaya que sí! ¡Sí señor! ¿Fue ya en ese mismo momento cuando se le ocurrió la idea? Ni él mismo hubiera sabido decirlo. Pero lo cierto fue que mientras empalaba en su miembro a aquella especie de pelele desmadejado sí estaba pensando en su plan.

Viernes recibió la primera embestida con una mezcla explosiva de placer y dolor. Una felicísima sensación de tal intensidad que perdió el conocimiento y se desmayó. Cuando volvió en sí, pesaroso de haberse perdido el resto de la historia, preguntó:

-¿Puedes hacerlo otra vez?

Deseaba sentir la segunda parte: deseaba con todas sus fuerzas recibir el fiero calor del movimiento y el húmedo calor de la eyaculación.

-¡No hay inconveniente!, respondió entre risas Robinsón. Se había dado cuenta del desmayo del otro y creía entender su nueva petición.

Ahora sí que vivía Viernes la ilusión de su vida: la certeza física de recibir un cuerpo en el suyo, la entrada y entrega de otro cuerpo en su interior. El placer de mamarla era un placer aproximado a este otro, con diferencia muchísimo mejor. ¡Tenía dentro de sí a otro cuerpo! ¡Alguien admitía entrar en él, confiar una parte de su cuerpo al interior invisible del suyo! ¡Y no era una parte cualquiera! No, especialmente, tratándose de la de Robinsón.

Pocos días después supo de los planes del bruto. Se enteró de sopetón y apenas le costó un instante rechazar la escasa negativa que aquello provocaba en su interior.

El primer día fueron cinco los que le dieron sus pollas a mamar y después se las metieron por el culo. Su estado, poco a poco, se elevó hasta el éxtasis físico y espiritual. ¡Lloraba y reía de felicidad!

Robinsón cobraba por sus servicios a una clientela enfebrecida y ruidosa que comenzaba temprano a presentarse a la puerta. El bruto, que por aquel gesto ya no se lo pareció tanto, puso un horario para su explotación. Al menos era calculador: demasiada tarea podía acabar demasiado pronto con el negocio. Un negocio del que realmente se beneficiaban ambos, no sólo porque cada uno recibía lo que deseaba: uno el dinero y otro el placer, sino porque Robinsón invertía buena parte de las ganancias en mejoras de la chabola y en comodidades para los dos: ropa, comida, tabaco y mejor alcohol. No, no era propiamente un energúmeno aquel bruto. A partir de entonces sus respectivas personalidades comenzaron a resultar más que interesantes a los dos. Uno y otro se espiaban. Uno y otro dejaban caer preguntas. Interesados el uno en el otro, sus vidas cambiaron. A partir de entonces no eran sólo portadores de un pasado. El futuro de cada uno de ellos les preocupaba también a los dos.

II

A Viernes, al principio, le resultaba incómodo y difícil dar noticias de su vida. No tanto por el oyente sino por él mismo: no quería escucharse narrar nada sobre él, no deseaba en absoluto vérselas con sus recuerdos. Su pasado le había llevado al suicidio. No estaba por revivirlo, ni aunque fuese por la palabra, otra vez. Por su parte, Robinsón veía en su propia tendencia a la confesión biográfica una tentación a rechazar. Ambos, sin embargo, escuchaban una semejante voz interior: ¿por qué no aprovechar para desahogar de una vez por todas las penas de su corazón? Urgido por la necesidad que le crecía de dar carpetazo al asunto, que le angustiaba y le parecía que estaba creando un mal ambiente, interponiéndose entre ambos, Viernes, con tono académico:

-Propongo que no nos contemos nada de nuestras vidas. Mejor hablamos de lo que hubiéramos querido hacer con ellas. O historias que pudieron sucedernos, o sencillamente suceder. Cosas de un pasado y de un futuro inventados. ¿No te parece mejor?

A Viernes le sorprendió la facilidad con la que Robinsón comprendió su propuesta y la rapidez con la que aceptó. Este bruto no es tan bruto, pensó. Robinsón, por su parte, no daba crédito a sus oídos: ¡era lo que siempre había deseado y procurado hacer! ¡Y ahora venía ese pedazo de idiota vicioso y sentimental y se lo planteaba sin más ni más!

-Abuelo, pensó. Abuelo, estás perdiendo reflejos. ¡Esa propuesta la tenía que haber hecho yo! Pero se animó previendo una experiencia divertida.

Así lo hicieron desde entonces, con toda naturalidad. En su mutuo espiarse, más de una vez se vieron el uno al otro escuchando alguna de esas historias sumidos en un gesto de intenso dolor. Eso les producía una extraña emoción que procuraban ocultar como hacían con todo.

A partir de aquellos días del inicio de sus charlas su relación experimentó notables cambios, en general positivos. Su grado de intimidad había subido hasta límites difíciles de sobrellevar entre dos personas, porque a la intimidad con la que compartían el presente en aquella casucha se sumaba el compartir esos momentos especialmente significativos de su imaginación. Y este segundo compartir influía cada vez más en el primero: el pasado de sus vidas estaba de nuevo ahí en medio, con todo su peso, pero no exhibido a la mirada de nadie. En ambos casos habían deseado romper radicalmente con él, ocultárselo incluso a ellos mismos, sepultarlos en un silencio semejante al olvido ya que olvidar propiamente no lo habían podido conseguir. Contarse aquellas historias resolvía en parte el problema. ¿O no?

Se lanzaron a la aventura sin reparar en sus consecuencias. Cedieron a su necesidad de comunicación y esa necesidad contrastaba frontalmente con su necesidad de silencio y olvido. Desearon la máxima confianza mutua y no vieron hasta qué punto había crecido en ellos a lo largo de sus vidas una desconfianza radical. Hasta hacía muy poco el plan de Viernes había sido acabar con todo suicidándose, y el plan de Robinsón acabar con todos viviendo totalmente aislado. ¿Qué sueños de felicidad obnubilaron sus mentes y les pusieron uno frente a otro como hermanos del alma, dispuestos a la vida, a la vida en compañía y a la confesión de sus más ocultos deseos y temores secretos? Habían llegado, cada uno de ellos, a conclusiones correctas sobre el sentido de sus acciones. ¿Qué desmoronó sus edificaciones, defensas y murallas? ¿Fue el amor? Y si no, ¿qué otra fuerza pudo ser tan fuerte como para transformar por completo su existencia? No queda más remedio que observar los hechos que sucedieron a partir de entonces para poder llegar a alguna conclusión.

Hasta ahora lo único que podemos sacar en claro es que nada era igual en sus vidas desde que la casualidad quiso que se encontraran y algo (aún no sabemos qué, si es que lo podemos llegar a saber algún día) hizo que aquel hombre solitario y embrutecido accediera a los ruegos de aquel frágil moribundo cuyo único deseo inmediatamente anterior había sido acabar rápidamente con su vida.

Mamarla, dar por el culo, dejársela chupar, abrir el culo a una polla, ¿pueden suponer tanto en la vida de dos hombres que rondan la cincuentena?

Un día, en pleno éxtasis, el suicida exclamó con una conmovedora voz:
-¡Robinsón!
El otro, al escucharle aquel nombre, ralentizó sus empujes y le preguntó:
-¡Quién es ese Robinsón! Su tono le sorprendió a él mismo: ¡había celos y desconfianza en su voz!
-Robinsón eres tú. Eres tú. Mi Robinsón, mi amor…
-¡Y tú serás mi Viernes! ¡No me jodas! Y estallando en carcajadas hundió repetida y contundentemente su miembro en el agujero de su amigo. ¡Nunca se había corrido tan alegremente!

Viernes también reía, pero quedamente. Su felicidad corporal y la risa del otro le hacía sentirse como enamorado, o mejor dicho enamorada, porque fue como enamorada como se sintió. Con los ojos cerrados se vio a sí mismo en femenino. No se trataba de la apariencia física, ni siquiera de su identidad. La generosa leche de su amante iluminaba en sus entrañas recovecos del alma que nunca presintió. El bruto, al eyacular como una fiera, cayó sobre aquel cuerpo pequeño y suave. Lo abrazó cuidadosamente, lo apretó contra el suyo y lo meció murmurando gravemente una canción. Había algo de maternal en su gesto, y lo supo. Y se sintió bien.

-Mi Viernes…
-Mi Robinsón…

Cuando sobrevinieran las primeras crisis siempre podrían recurrir a la escena de aquel día. Recordarla les infundiría serenidad, confianza y amor.

III

– Vamos a reducir el número de visitas. Dos o tres al día serán suficientes. Y si quieren más, ¡que paguen más! ¡Vamos a desplumarles! ¡Atajo de tarados! Y luego… Luego ya veremos. Robinsón pensó que estaba hablando más de la cuenta.

-¿Quieres decir que nos iremos de aquí?

Pero ya se había cerrado ese grifo de Robinsón. Bebió un gran vaso de vino, paso sus manos por su hirsuta barba empapada. Tomó aliento y volvió a lo de sus locuras. Mientras le escuchaba, Viernes no dejaba de pensar en la sutileza mental de aquel aparente bruto, en su viva inteligencia y en su escurridiza identidad. ¿Quién era su Robinsón?

Éste, percibiendo los pensamientos de Viernes, se lanzó a una narración sobre sus locuras en la que mezclaba verdades, mentiras, fantasías e historias ajenas con una facilidad que le hacía sentirse francamente astuto. ¿Por qué aquel idiota lujurioso y sentimental no le había bautizado Ulises? Pero se acordó de Polifemo y se entristeció. Las historias se podían vivir y contar de tantas maneras… Cualquiera sabía cómo se veía a sí mismo ese Viernes preguntón. Lo cierto es que hubiera sido más esperable que le hubiera bautizado a él con ese nombre y se hubiera reservado para sí mismo el de Robinsón. Puestos a ello, él se sentía más Viernes, pero sin embargo…

Para quitar tensión, Robinsón propuso un primer juego:

– ¿Qué haríamos si los yanquis invadieran nuestro país?
– Organizaría un grupo guerrillero, por supuesto al margen de cualquier organización establecida. Nosotros iríamos por nuestro lado, matando yanquis.
– Pues yo me pondría inmediatamente a las órdenes del ejército de ocupación.
– ¡No! ¡Es broma!
– ¡En serio! Para qué andarse con tontadas. ¡Desde el principio, con el seguro vencedor!
– ¡Colaboracionista!
– ¡Por supuesto! ¡A qué me voy a jugar el pellejo por los cafres de este maldito país! La invasión, su triunfo, traería cambios sociales y culturales importantes. ¡Lo que necesitamos hace algunos siglos!
– Para eso no había que haber luchado contra Napoleón.
– ¡Otra equivocación muy propia! Te traen la civilización y te pones a dar cristazos y navajazos… Pero hombre, señores, ¡aprovechen la ocasión!
– Yo para lo que aprovecharía la ocasión sería para cargarme a los caciques locales. Entre col y col, lechuga. Y eso educaría al pueblo: sabrían que al perro del hortelano también hay que darle matarile.
– Como tú quieras. A mí eso también me convendría. ¡Menos competencia, más puestos libres para yo y los míos!
– ¿Tú tendrías los tuyos? No me imaginaba…
– Es una forma de hablar. Me refiero a la gente sensata que aspiráramos al reparto de poder.
– ¡Pero sería un poder extranjero, invasor!
– ¡Precisamente! ¡Mejor que mejor! ¿Para qué quiero que me mande un cafre nacional. Para eso es mejor contar con cafres de más altos vuelos, con más experiencia, más poder…
– Yo tendría que luchar también contra ti, en ese caso.
– ¡Pues claro! Y eso le daría más gracia e interés al asunto. Porque cuando los yanquis ganaran y yo mandara con ellos te buscaría para nombrarte jefe de la guerrilla antiyanqui. ¡Y nos divertiríamos muchísimo más! Yo pasándote informes secretos. Tú obteniendo gloriosas victorias. ¡Ah! Va a ser una nueva vida muy estimulante.
– Se trataba de un futurible. ¿Sabes lo que es un futurible, Robinsón?
– Querido Viernes. Hace tiempo que yo mismo no soy sino un futurible, al margen de las reglas del espacio y del tiempo. Y además un futurible sostenible. ¡Creerás que soy un memo!
– Perdón. Perdón. Vas de rudo hombre de las nieves y así nunca sabe uno a qué atenerse.
– ¡Eh, eh, eh! ¡Cuidadito, muchacho! Quedamos en que no hablaríamos en serio de nosotros.

Y así siguieron durante algún tiempo durante el que creyeron ser felices. Poco a poco se dieron cuenta de que una vez iniciado el diálogo entre ellos sería mucho más difícil la convivencia. Desesperado, un día Viernes decidió que aquello se le hacía insufrible y marchó hacia un barranco, ilusionado con la idea de matarse de un salto. Y si no lo conseguía, quizás encontrase a otro tío que se la dejara chupar sin más…

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BLANCA LUZ

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I. Enamorado

Los días que pasó en aquel convento acabaron en un desbordamiento deseado y temido. Al segundo día escribió en su cuaderno: ¿Por qué no? Por aquella rendija salió en pocas horas todo su corazón: un preso que abandonaba en medio de la noche, al cabo de veinte años, la cárcel que a sí mismo se dio. Perplejo, aturdido y asustado, emocionado, entusiasmado, aturdido y perplejo: así se sentía esos días ante la insólita idea de creer de nuevo en Dios. Escribió en su cuaderno: enamorado. Así se sentía, enamorado del amor de Dios. Deseaba sentirse amado por aquel Dios de cuya existencia descreyó sin acaso dejar de desearla. Sencillamente, Dios no era necesario. La vida humana se dignificaba con el ateísmo, una fase intelectual y moral superior. Las creencias en la existencia divina no eran sino fruto de la increencia en el ser humano. Un ser humano completo y consciente de lo primero que se daba cuenta era de que no había Dios. Y como tantas otras buenas cosas, dejaba en la dulce memoria de la infancia las vivencias de la religión.

En su caso, esas vivencias, sus vivencias más íntimas, contradecían el discurso teológico de quienes para su desgracia se encargaron oficialmente de su educación. Acaso por eso su ruptura juvenil fue más una ruptura con el mundo adulto de los profesionales de la religión que con el mundo infantil al calor de la fe de sus padres. Se negó firmemente a aceptar y soportar las raíces religiosas de la opresión social mientras dejaba a buen recaudo un tesoro sentimental cuyas raíces se hundían en lo más profundo de su corazón. Si Dios era tan sólo esa excusa de los opresores, o peor, ese cruel aprovechamiento de los temores y anhelos de los oprimidos, él no tendría nunca más ninguna relación con él. ¿Y dónde había otro Dios que no fuese aquél inverosímil espantajo?

La fe de los pocos que luchaban contra la dictadura y contra el capitalismo le parecía un resto de su vinculación a los centros de poder en donde se habían formado esos núcleos de resistencia. Una contradicción indeseable y un peligroso vínculo con quienes seguramente aprovecharían en su contra su buena fe. Por encima de aquel oscuro mundo truculento, brutal, inhumano, de las religiones, se alzaba el mundo luminoso de la razón y del compromiso con los oprimidos, en cuya base material cotidiana germinaban los frutos de una nueva ética, de una nueva concepción del mundo y de una nueva sensibilidad hacia el género humano, lo que también engendraría una estética. Todo un programa vital para un joven con ganas de hacer de su vida una vida intensa.

En la celda del convento, tras escribir en su cuaderno la autoconfesión de que deseaba creer en Dios y dejarse amar por El independientemente de lo que ocurriera en su vida desde aquel instante o, mejor, de acuerdo con que su vida cambiara radicalmente a partir de la vivencia de ese Amor, se asomó a la ventana. Miró hacia el cielo y se reconoció exultante y asustado: había dado el paso que nunca se atrevió a dar. Su felicidad contrastaba con el horror que sentía ante la revolución total que imaginaba en su vida. Una vida con Dios, ¿cómo sería? Frente a los muros antiguos del convento se le ocurrió que el horror que se le apoderaba era el mismo que el que hubieron de sentir quienes en medio de una vida consagrada por completo a Dios hubieran de reconocerse a sí mismos su increencia. Pero ese horror, pensó enseguida, no le debía paralizar. Si algo tenía que hacerle rechazar de nuevo la idea de la existencia de Dios no podía ser ni el horror interior, ni la previsible vergüenza, ni el qué dirán. Ni siquiera el silencio de Dios podría ser la excusa en adelante: sólo el silencio de su propio corazón.

Su corazón, a partir de entonces, comenzó a sentir con tal intensidad una desconocida dicha que tan sólo tenía entendimiento para reconocerla en su interior, disfrutarla y agradecerla. Concentrando su atención en su interior hasta donde nunca antes había conseguido concentrarla conseguía por instantes identificar una imagen relativamente concreta del origen de su inmenso placer: en un punto ilocalizable de sí mismo pero no por ello menos reconocible como parte de sí, un toque inefable hacía expandirse por todo su organismo, su conciencia y su sentir, un gozo siempre más intenso y profundo, un gozo tan interior como envolvente, un gozo que era realmente una nueva y desconocida forma de sentir.

II. Amiga monja

Hace diez años que se conocieron, pero entonces acababa el verano y ahora estaba en su plenitud. Cuando la vio esa primera vez sólo era una figura de espaldas, vestida de pies a cabeza con el hábito de su congregación. Al sentir su voz se giró sonriendo y le vio sonreír: ambos sintieron que algo les sucedía y que al otro también. Procuraron hablar como si no hubieran sentido nada especial. El tono de sus voces podía ocultar su sorpresa pero sus miradas no. Desde aquella mañana de septiembre sus vidas se irían complicando la una en la otra. Ahora eran cómplices en la fe y en el amor.

Doce años después estaban ahí, bajo las estrellas, sentados en medio del jardín de un convento, en una penumbra olorosa de aromas de ciprés y azucenas, susurrando la oración preparatoria de la comunión. Ella ponía en la palma de su mano la reluciente cajita y con sus dedos acariciaba la hostia mientras musitaba su fe absoluta en un Cristo que animaba todos y cada uno de los aspectos de sus vidas, incluido su amor. El permanecía quieto y en silencio con aquel peso inconmensurable entre los dedos, los ojos fijos en la blancura de un Dios que se hacía tan humilde alimento. Le hubiera gustado estar menos tenso, más natural. Pero no podía. Ella tenía una forma envidiable de asumir el misterio de la Eucaristía, una vivencia libre y confiada de Dios en la comunión, y el diálogo amoroso que sostenía con ese Cristo pequeño, redondo y blanco instalado en el fondo de la cajita de plata era expresión de un alma encariñada y feliz. A él le resultaba una gozosa liberación interior vivir aquel momento bajo las estrellas, en medio del jardín, oliendo aquel fresco perfume de las plantas y este otro cálido de sus cuerpos aún bañados en el intenso perfume del amor. Comulgaron, y él pidió, como siempre desde su segunda primera comunión hacía diez años, debilidad: debilidad para dejarse llevar sin resistencia.

Hacía unos minutos había comentado que las formas mal iluminadas de los árboles junto al muro de la hospedería parecían hacer la silueta de un gran caballo sobre el que cabalgaran un chico y una chica, ellos dos. A lo mejor era Dios aquel caballo, y les llevaba. Sólo había que atreverse a subir y atreverse a dejarse llevar por un Dios capaz de hacerse sombra o silueta contra una pared. Arriba, las estrellas brillaban muy poco.

Al conocerse se asustaron. Él no había tratado nunca con ninguna monja. Ella nunca se había enamorado de ningún hombre. Ambos sabían que les había nacido un amor ¿Pero qué hacer con el amor a una monja? ¿Pero qué hacer con el amor en un convento? Al cabo de aquellos días, en medio de una gran turbación, él le pidió que fuese su hermana del alma, y ella accedió. Él no sabía lo que estaba pidiendo. Ella no sabía lo que prometió.

Durante meses, durante años, se escribieron cartas en las que decían todo lo que no se habían dicho en sus encuentros y en las que callaban todo lo que en sus encuentros habían creído claramente percibir. Escribían sobre Dios, sobre la vida, sobre sus lecturas, sus búsquedas, sus estados de ánimo, sobre pequeños detalles de cada día que sólo al escribirlos el uno para el otro parecían dotados de alguna significación. Cuando comenzaron a verse cada semana en la salita del convento ella quería escucharle y él hablar mucho: ¡la vida de aquel converso era muy apasionante! Con el paso de los años, él acudía con el apremio de saber más de ella y ella con la necesidad imperiosa de contarle sus intimidades: la cabeza de aquella religiosa era digna de mucha atención. Cuando se cogieron por primera vez las manos ya se habían entregado entero el uno al otro el corazón.

Todas estas cosas iban sucediendo mientras en sus vidas sucedían muchas otras cosas, algunas especialmente importantes, otras francamente decisivas. En realidad, el tiempo dedicado a las cartas y a los encuentros era mínimo. Además de sus respectivas ocupaciones, ambos estaban inmersos en un plan de estudio y reflexión que se llevaba la mayor parte de su tiempo y de sus esfuerzos. La cuestión era intentar aclarar una noción de su relación con Dios que sin negar otras ni enfrentarse a ellas ni, por supuesto, rechazar nada que vieran conveniente o razonablemente aceptable para sí mismos, fuera realmente acorde con su vivencia íntima de Dios.

III. La teología

Durante años él leyó voluminosos tomos de teología en cuyo interior encontraba el rastro del fogonazo originario de una fe personal, como la luz evasiva de una estrella fugaz en el firmamento. Pero en aquel interior oscurecido por argumentos despreciables moralmente o intelectualmente inatendibles ese rastro no hacía sino contrastar con la intención de aquellas obras y con su asfixiante pretendida lógica. Algunos de esos importantes libros resultaban realmente risibles en parte o en su totalidad y en todos ellos se exhibía la execrable consecuencia de lo que había que suponer que era una buena intención. Tardó en reconocerse a sí mismo que nada de lo que estaba buscando lo encontraría en páginas como aquellas, lo que le produjo un doble sentimiento de liberación y de temor: se veía obligado a contar tan sólo con sus propias fuerzas en su búsqueda de Dios.

Porque a Dios sí sabía que lo estaba buscando. Con todas o casi todas sus fuerzas. Enamorado de Dios, como se sabía, deseaba conocer el rostro de aquel Ser, necesitaba saber con Quién y por Quién estaba siendo tan inmensamente feliz. Sentía un gran agradecimiento y un gran pesar. Dio gracias a Dios y le pidió perdón por todos aquellos años de no haber sabido disfrutar de su Amor, negándolo. Esa sería en una primera fase su principal tarea interior: dar gracias y pedir perdón. Después todo consistiría en dar gracias y en dejarse querer. Vislumbraba una tercera fase en la que fuera capaz de traducir ese Amor de Dios hacia su persona en algo positivo hacia los demás, pero al salir del convento no podía ver con claridad más allá de la línea de su propia intimidad, y aún en ella sin mucha precisión. Abierta la puerta a Dios, su luz le resultó cegadora: todo su cerebro estaba inundado de una dulcísima luz blanca cuya tibia forma lechosa lo bañaba por completo haciendo de su cráneo una especie de tarro en el que se guardara su cerebro transformado en un denso perfume como aquel que llevara María Magdalena la madrugada de la Resurrección. ¿Y quién había resucitado en el convento esa mañana? Le parecía que aquella experiencia suponía una muerte, un punto de inflexión de tal categoría que su futuro, estrictamente su futuro, dependía de qué opción tomaba en relación a una pregunta: ¿existe Dios? Si dejaba esa pregunta sin respuesta estaba muerto. Vivir sin contestarla no era vivir completamente vivo ante sí mismo. Era indigno callar.

Podía optar por afrontar esa muerte sin necesidad de ninguna resurrección: una muerte más de las muchas que jalonan una vida en busca de uno mismo. Un buen recuerdo y una pequeña decepción. Se trataría de una vivencia sentimental, a la que le habría abocado su propio deseo de Dios, su propia necesidad de acabar con una cada vez más agotadora lucha consigo mismo ante la disyuntiva de afirmar o negar la existencia de Dios. Podía dedicar el tiempo que hiciese falta al análisis del proceso que le había llevado, primero hasta ese convento y después hasta la exaltación nerviosa de aquellos días. Sería una tarea en cierto modo necesaria para recomponer las piezas de su puzzle interior: ¿de dónde nacía y en qué consistía su creciente deseo de que realmente existiese Dios? Volver a los orígenes de su ateísmo, al estudio de la idea de Dios como deseo de una humanidad frustrada por las desgracias y el absurdo, asustada de su propia capacidad de decisión, incapaz de asumir su propio destino con la cabeza bien alta. Eso sin entrar en el despreciable aprovechamiento de ese deseo por parte de los organizadores de cualquier religiosidad.

Pero para eso tendría que negarse a sí mismo lo verdaderamente especial de la vivencia que estaba experimentando, negársela y enterrarla bajo todo lo que hasta ese momento había creído aprender de la vida y de sí mismo. Volvería sobre sus pasos y continuaría su caminar con el impulso y con los alimentos que le habían llevado hasta allí mismo. Nada habría perdido, en ese caso, visto desde la experiencia de veinte años de vida sin Dios. ¡No lo necesitaba para nada! No estaba en sus planes contar con El en la búsqueda de la verdad ni del compromiso con el género humano. Y había aprendido a caminar sin cogerse de ninguna mano. El problema, para él, en esos momentos, era que una mayoría de sus voces interiores hablaban de una felicidad absolutamente extraña a todo otro tipo de felicidades que había experimentado antes.

Sus voces interiores no se ponían de acuerdo en la definición de esa felicidad, pero coincidían en destacarla y diferenciarla de cualquier otro sentimiento experimentado hasta entonces y en afirmar (incluso las que lo entendían como algo puramente propio de sí mismo, sin necesidad de intervención de ningún dios en ello) que ese sentimiento de felicidad conllevaba una luminosidad intelectual notabilísima: no se trataba de un embobamiento ni entontecimiento. Antes bien, sus capacidades intelectuales parecían haber experimentado un despegue más allá de toda la confianza que desde hacía muchos años había tenido en ellas. Se sentía perfectamente despejado.

Nunca como esa mañana había tenido constancia de su propia libertad. De ella dependía la identidad de quien saliera de aquel convento. Se le ocurrió que toda su vida pasada cobraba un nuevo sentido con aquel encuentro con Dios: un sentido en el que todo lo que había hecho y todo lo que no había hecho le posibilitaba, afortunadamente, decidir libremente su actitud ante aquella pregunta que ahora le resultaba esencial, una pregunta de ningún modo acallable. Nada le obligaba a darle una respuesta afirmativa o negativa, ni siquiera a darle una respuesta. Esta última opción le desagradaba, pero incluso le pareció por momentos la más aceptable. El único problema era que la pregunta estaba planteada y que nunca le convenció aquello del agnosticismo: se creía o no se creía en Dios, se era creyente o ateo. ¿Qué era el agnosticismo? En su opinión, una trampa intelectual y una cobardía moral. Comprendía las trampas y aceptaba las cobardías, incluidas las trampas y las cobardías propias, pero de ahí a elevarlas a sistema de pensamiento iba demasiado trecho.

A sus diecinueve años, enfrentado libremente a la misma pregunta, decidió que las explicaciones sobre la necesidad de Dios eran contundentes frente a los argumentos a favor de su existencia real. Y decidió archivar cariñosamente sus vivencias como vivencias basadas en ese deseo, y por tanto vivencias relativas a su propia comunicación consigo mismo en un proceso natural de crecimiento personal en el medio familiar y social en el que había nacido, y no en la vivencia real de una comunicación con Dios. Nada que objetar a sus recuerdos. Eran unos importantes recuerdos de sí mismo. Veinte años después volvía la mirada hacia ese archivo de recuerdos personales y podía entenderlos como entonces o preguntarse con la misma libertad si aquellas vivencias tenían algo que ver con la existencia del Dios al que dirigía sus pensamientos.

También podía mantener su reciente cadáver expuesto a la luz de Dios y confiar en que, gracias a ella, incluso lo que había creído aprender cobrara un nuevo sentido, compatible con la buena nueva de la existencia de Dios. Para esa muerte tenía también una palabra salvadora: confianza, confianza en Dios. Con esa confianza podía resucitar, atreverse a ser más él mismo siendo él mismo con Dios.

Tenía claro que a la religión de su infancia no volvería. Aquel dios devoraniños, aquel dios insaciablemente culpabilizador era un ídolo sanguinario en manos de los curas, un fetiche al servicio de una tarea de amedrentamiento y represión masiva en un país sometido al fascismo.

Había, sin embargo, un lugar en su intimidad en el que percibió, de niño, la luz de un Amor especial, el ánimo risueño de una fuerza liberadora. En medio de aquel campo de concentración nacionalcatólico hubo momentos de intensa certidumbre de la existencia de un Dios radicalmente distinto al espantajo monstruoso en el que se les hacía pensar. Esos momentos tenían música: en el órgano de la iglesia del colegio un joven organista interpretaba obras breves que acompañaban a la comunión. Y de entre todas esas melodías había una especial en cuyas notas estaba el mensaje, nítido y reconfortante, de la existencia de un buen Dios. Y algo más: la noticia de que su existencia era conocida por otros seres humanos, que mediante aquella música lo hacían saber a otros creyentes para que supieran que era cierto lo que sentían en el fondo de su corazón.

IV. La música del corazón

Otros también lo sentían así, como él, cuando niño, mientras escuchaba sonar, sin saberlo, el “Ich ruf’ zu dir, Herr Jesu Christ”, (“Me has llamado a ti”, Jesús”), BWV 639, de Juan Sebastián Bach. Gracias a esa música podía estar seguro de que había otro mundo fuera de aquel campo de concentración y que nada de lo que allí le amenazaba era realmente definitivo. Existía, pues, otra forma de vivir, existía la confianza, el compañerismo, la complicidad entre iguales, la felicidad en el amor, la libertad. La esperanza de aquella música era entonces su única esperanza, esa paz su única paz. Apenas dos minutos y medio duraba el mensaje y nunca podía saber cuándo lo escucharía otra vez. Algunos días sonaba también, o por separado, el “Wenn wir in höchsten Noten sein” (“Si miramos a lo más Alto”), BWV 641 y era como si alguien hubiese advertido su desesperanza y le remitiera un segundo aviso, una confirmación, capaz de devolvérsela. Mensajes de confianza que permanecerían para siempre sonando en su corazón.

Cuando conoció a la monja sintió sonar aquella música maravillosa de su infancia. Como en una caja de música, en su interior femenino vibraba la misma luminosa emoción que había sido su amparo en años de continuas agresiones a su identidad. Le pareció que aquella joven era una representación humana de la música que de niño le hablaba de un buen Dios ajeno a las odiosas instrucciones de los curas. Era, ella también, un ángel, su mensajera. Podía confiar en ella.

Y a esa confianza se aferró cuando llegaron, y qué pronto, nuevas pruebas de la oscuridad de las almas de los creyentes, su patológica predilección por la negatividad y su obsesiva entrega a las normativas, los dogmas, las ventanillas expendedoras de sacramentos burocratizados. Ahora, pasados los años, todas aquellas bienintencionadas putadas a las que quisieron someterle diversas gentes de buena voluntad no tenían ya ninguna importancia, ya no le hacían daño. Habían ido siendo, contra los deseos de aquellos amigos, precisamente, pruebas contundentes de que su caminar personal no tenía nada que hacer por caminos y veredas diseñados más para dominar al ser humano bajo el poder de otros seres humanos que para liberarle al Amor de Dios. En muchas ocasiones se sintió sinceramente agradecido al destino por haber sufrido esas inmediatas violencias y presiones sin las que acaso no hubiera advertido el verdadero sentido y finalidad de las instituciones religiosas, su esencial opción por el poder. Y se dijo a sí mismo que no se podía servir al mismo tiempo al Poder y al Amor y que el dios del Poder no era, en el mejor de los casos, sino una despreciable caricatura de Dios.

Tampoco fueron agradables las reacciones de muchas personas ante su novedad vital, su nueva fe en la existencia de Dios. Hubo quien cabeceó decepcionado, quien se rió ante sus narices, quien se tomó la molestia de difundir una imagen deformada de su actitud y hasta hubo quien le persiguió durante algún tiempo con estampitas de santos. El tono de algunos amigos rozó a veces el insulto personal y otros insistieron en discusiones agresivas que le recordaron a las que otros tuvieron con él cuando ingresó en el partido comunista. Si entonces aquellos rechazaban su opción aduciendo los crímenes de Stalin, éstos de ahora se remontaban a la historia del catolicismo y a la personalidad de los papas. En vano exponía, por su parte, que todo aquello nada tenía que ver con su vivencia personal.

Se trataba, intentaba explicar, de algo parecido al enamoramiento. Más claramente: se trataba de un enamoramiento. Ante ese enamoramiento sólo unos pocos tuvieron una actitud amable y respetuosa. ¡Y muchos de ellos habían dejado años de sus vidas en la lucha por la libertad! ¿Cuál era la libertad por la que luchábamos?, les preguntaba. Y él mismo se respondía con otra pregunta: ¿No era la libertad del respeto absoluto a la persona humana, no era la libertad de cada cual para buscar su verdad y expresarla? Aquellos desprecios y negaciones le decepcionaron enormemente: en este país no había libertad porque ni los que creían luchar por ella la amaban realmente, no había democracia porque ni quienes creían defenderla respetaban radicalmente los derechos de los demás. Cuarenta años de fascismo se dejaban notar en la intimidad de muchos antifascistas para quienes el horizonte no era otro que la eliminación del distinto, a quien ya sentían como contrario. La miseria de los católicos de toda la vida le dolió menos que la miseria de los descreídos, con quienes había creído compartir durante años sinceros anhelos de sincero respeto y absoluta libertad.

Poco a poco fue dándose cuenta de que su vivencia de Dios no tenía una expresión colectiva y comenzó a pensar que acaso no hacía ninguna falta que la tuviera. Todo habían sido signos y señales de lo contrario, motivaciones al silencio. Y pese a lo que algún amigo le dijera: que comprendía su necesidad de consuelo, su sensación personal era que ahora sí vivía un “sinsuelo” bajo los pies que le proporcionase una seguridad que, por otra parte, no era lo que creía estar buscando. La fe en Dios abría un enigma más grande aún a su existencia y en general, a la existencia humana. De las lecturas de entonces sólo en los textos de Teilhard de Chardin creyó encontrar un eco semejante a lo que sonaba en su alma, como en aquellas breves partituras de Bach.

Poco a poco dejó de leer

(Continuará…)

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EL RÍO

20150405_123440EL RÍO

El cielo es negro. La tierra es amarilla. Encerrado hacia ambos lados por empinadas murallas de tierra devastada, este río no puede beneficiar aquello que lo rodea: entre orillas enhiestas, el agua, masa encrespada y rugiente, avanza sin obstáculos hacia un horizonte siempre impredecible. Sobre las balsas, empapados y exhaustos, nuestros cuerpos permanecen derrotados bajo esta lluvia insistente con la que también las nubes han querido castigarnos desde que comenzamos la marcha. ¿Cuándo la comenzamos? Todo este agua parece haber borrado el rastro de nuestras propias acciones y en este húmedo inquieto espacio que es el río el movimiento ha devorado también nuestra memoria. Y si nosotros no sabemos de nosotros mismos, quién sabrá. No podemos esperar ayuda de nadie. No hay nadie que pueda ofrecernos ni un instante de ayuda, ni un instante.

Cuando a pesar del intenso dolor vuelvo el rostro hacia la parte trasera de la balsa mis ojos ven unos ojos fijos en los míos, unos ojos en los que todo un cuerpo se resume. Sobre el lomo del río cabalgamos hacia quién sabe qué abismo, pero él no tiene ojos sino para mirarme. La lluvia se adueña de sus rasgos y hace de todo él un espectro de agua en el agua, pero es un espectro de ojos brillantes cuya luz negra se clava en mi mirada y parece querer detener mi mirar, hacerlo un mirar muerto, fijo en aquel lugar de quietud del que hace tiempo salí para ser yo mismo. Pero si sus ojos me convocan a esa mirada que nunca vi allí dentro y por la que suspiré después durante tantas horas que me la hicieron tan deseada, yo sé que salí de allí precisamente para saber si existía en verdad esa mirada, y no existía. Por mucho que me mire ahora este mirar arrasado en lágrimas no avanzaré hacia él, no haré ahora el camino inverso al que la fuerza del río quiere que hagamos, esa fuerza a la que no sé desde cuándo me he rendido.

Eso es lo que él no comprende, lo que no hay forma de hacerle comprender: que la marcha irrefrenable de estas aguas vivas pueden por todas las aguas que haya podido conocer antes. Que este río no es cualquier río, eso sí lo sabe. Acaso porque lo sabe me mira como me está mirando, como lleva mirándome desde que me recuerdo mirándole sobre los lacerantes troncos de esta balsa en cuya corteza queda ya más piel de nuestra piel que sobre nuestras propias carnes. Pero no comprende qué hay en estas aguas que me hacen desearlas incluso más que la bendita tierra de la que hace tiempo nos separan y nos alejan. En sus ojos no hay luz, pero encienden en los míos un fuego que me daña. Más que la lluvia, más que la fiera rugosidad de los troncos, más que la loca carrera del agua, incluso más que la inquietud que la tierra y el cielo me producen embarcado en esta balsa, ese mirar de sus ojos a través del agua y del viento y del ruido me atemoriza. Sin voz me dicen esos débiles ojos desfallecientes lo que las gargantas de un millón de atletas se atreverían a decirme a la cara. De todas formas, no hacen sino adelantarse a una decisión que ellos mismos animan con su mirada.

El mundo es la cuenca de un fragoroso río en el que llueve salvajemente a todas horas. Mi vida se ha convertido en este sobrevivir entre aguas en la oscuridad. Percibo el movimiento, que me excita. Bajo mi cuerpo hay una fuerza capaz de destruirme y que sin embargo ha preferido llevarme consigo hacia delante, siempre hacia delante, a una velocidad cuya magnitud soy capaz de medir en el temblor de mis músculos, en la tensión de todos mis tendones, en la presión de mis muelas contra mis muelas, mis propias uñas entrando en la carne de mis manos. Presa de excitación, no distingo ya el pánico del placer. Me dejo llevar por una experiencia cuyo verdadero y acaso único protagonista es el movimiento. No soy sino un ser que desfallece ya, obligado testigo de una monstruosa maravilla natural. El río. A veces pienso, si eso es pensar, que soy yo mismo el río. Y eso suma placer a placer.

Hace tiempo que no escucho voces ni cantos ni sonidos que no sean el agua del río y el agua de la lluvia. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que no sabía ni lo que fuese un río ni un agua de lluvia que hiciese tal ruido. Que no es ruido pero tampoco ninguna otra cosa que pueda nombrarse con otra palabra sino ruido. Voces de aguas, aullidos, rugidos. También temblores, choques, estremecimientos. También el deslizarse continuo de un sonido brutal que acariciase muy dentro de los oídos. Es este tipo de caricia, porque lo es, lo que me tiene anonadado. Su presencia en mi cuerpo: ¿dónde se concreta? ¿Qué órgano afecta esta incesante sensación? A veces hay un punto. A veces es todo el cuerpo, su interior y su exterior, el que reacciona. Otras veces me siento insensible y entonces sí me asusto, como si despertase súbitamente de un buen sueño.

Ahora mismo no sé si me he dormido, si desperté hace un momento y encontré como siempre sus ojos en los míos. ¿Qué imploran esos ojos hundidos, arrasados de lágrimas y lluvia? Acabo de saber, pues es saber, lo que tengo que hacer con ese de ahí atrás, con esa figura que amarga mis horas aún más que la terrible potencia del río. Cortaré las cuerdas que unen las dos partes de la balsa, cortaré las cuerdas y quedaré libre de él, definitivamente libre. Las corto y me da igual que grite o que llore o que me insulte, qué otra cosa iba a hacer. No puede ayudarme ni defenderme ni desaparecer. Así que soy yo quien ha de hacer el trabajo.

Ya está hecho, ya se aleja su imagen fastidiosa. Las olas de este río furioso hacen un subrayado espumoso bajo su mirada cada vez más humillada. Hierven las aguas y hierven sus ojos. He de hacer acopio de toda mi entereza para soportar esa mirada que se acaba entre burbujas y espuma. Ahora cae, ahora cae lentamente de la balsa y el agua lo engulle. El río es un animal que devora en un instante su famélica sombra de ojos enrojecidos. Se acabó.

Hace tiempo que avanzan las dudas, tantas dudas entre tanta tormenta, pavor con pavor. ¿Y si quedó allí engullido lo mejor de los dos? ¿Y si era yo y no ese otro quien debió acabar en el fondo del río? Nunca lo podré llegar a saber. Remordimiento es poco: un tormento en las venas que asalta el corazón lo angustia, le hace bombear desesperado para multiplicar el tormento más y más hasta que parece que voy a estallar pero no estallo sino que sigo sufriendo el tormento en las venas que angustia el corazón que se ha hecho mi enemigo en medio de mi cuerpo, en medio del río, en medio de la tormenta, en medio de un mundo de tierra amarilla bajo un cielo negro. Y quiero morir.

Sobre las aguas, bajo las aguas, encerrado en estas aguas que son mi muerte, mi mortaja y mi ataúd, sigo viajando hacia quién sabe dónde, si es que hay un dónde más allá de la furia de estas aguas que me agotan. En este ataúd el río me lleva, este río que acaso es ya mi ataúd. Puedo sentir el movimiento, su movimiento, única sensación en la que ya descanso. Y el río me lleva…
EL RÍO

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HOMENAJE A LA REMOLACHA

Remolachas en el dintel de la puerta de casa de La Figuera, Paseo de Sagasta, 40 (Zaragoza)

Remolachas en el dintel de la puerta de casa de La Figuera, Paseo de Sagasta, 40 (Zaragoza)

HOMENAJE A LA REMOLACHA

Cuando el arquitecto Luis de la Figuera y Lezcano construyó en 1911 la casa que sería para su hermano Antonio diseñó todo un programa iconográfico en el que la gloriosa historia de su familia se expresara tan pública como discretamente. De esa forma, la fachada del número 42 (hoy 40) del paseo de Sagasta mostraría suficientes elementos botánicos que remitían al pasado familiar.
Por supuesto, las hojas de higuera (Ficus carica), en el origen del apellido la Figuera desde el siglo XIII, lucirían al sol de las mañanas. También las hojas del palmito (Chamaerops humilis) asoman en sus balcones en recuerdo de los múltiples viajes que hizo su amigo Felipe Almech Falcón a Cuba y Filipinas para dirigir allí sus empresas de azúcar y tabaco. Almech, primero amigo y posteriormente pariente (al unirse los Gerona Almech con los de la Figuera Lezcano), sería un gran impulsor de la agricultura remolachera en Zaragoza y creador de su propia industria azucarera en las comarcas de Alagón, Épila y Calatayud.
Hay más especies botánicas (rosas, enredaderas, sarmientos…) representadas en esa fachada, que se embellece también con cerámica de alegres motivos mudéjares y con un sabio tratamiento ornamental de la ordenación del ladrillo.
Pero el elemento vegetal de mayor importancia que se “entronizó” en el edificio fue una planta con la que la familia hiciera en su momento una gran fortuna: la remolacha (Beta vulgaris) que produce una gran raíz (de casi 2 kg) de almacenamiento, cuya masa seca es de 15-20% en peso de sacarosa. En 1911 la industria azucarera zaragozana estaba en pleno esplendor.
No es de extrañar que fuera nada menos que en el dintel de la puerta principal del edificio donde se exhibieran sendas brillantes raíces de remolacha, empenachadas con sus hojas, como artístico recordatorio de cuanto la familia debió a esa planta. Figuración extremadamente cuidada para que ahí quedase inscrito para siempre un hito de la vida familiar que también lo fue de la actividad económica local.

Este es otro ejemplo de que la iconografía vegetal casi nunca se utiliza arbitrariamente: razones muy concretas incitan al artífice a diseñar cuidadosamente su presencia no sólo en obras de arte religioso sino también en obras laicas de muy diverso signo. Las fachadas de cientos de edificios de nuestras ciudades nos están mostrando mensajes precisos sobre la vida de aquellas familias para las que se erigieron. En nuestros ojos y en nuestra curiosidad está la capacidad de recibirlos.