CHATEAR, 2: ÚLTIMAS PALABRAS

chatarra.

23 de jun. 9:49 – ÉL: Cometí una equivocación volviendo a comunicar contigo. Me creí lo de “te quiero” y “te quiero cerca”. Ayer lo tuyo fue una verdadera tomadura de pelo. Ahora “sobramos todos”. Solo me faltaba escucharte todas esas bobadas autodestructivas. Te estás convirtiendo en una mujer tóxica incluso para ti. En adelante lo mejor va a ser entre nosotros el silencio eterno. Así nos vamos preparando, ¿no?
Tus libros (dos bolsas) estarán dentro de un rato en su sitio.
Si te diera besos no serían buenos. Practica el desapego, si es que tenías algún apego a mis besos.
23 de jun. 10:36 – ÉL: IMG-20150623-WA0008.jpg (archivo adjuntado)

23 de jun. 10:37 -ELLA: Si pasas a partir de las 12 también estarán tus libros y yo no estaré.
La de ayer fue la peor de las despedidas posibles. Perdona. No volveré a molestar.

23 de jun. 10:37 – ÉL: Ahí los tienes ya.
Te quiero. Eso debe ya darte igual. Olvídalo.

23 de jun. 10:39 – ELLA: Sí me importa pero tienes razón: soy toxica para ti y para mí.

23 de jun. 10:39 – ÉL: La de ayer fue toda tuya. Incluido el torpe gesto de ofrecerme tu mano como si fuera un crío necesitado. Por si querías tener mi mano en la tuya, que sepas que se hace de otra manera.

23 de jun. 10:40 – ELLA: Fue gesto de amistad, no otra cosa.

23 de jun. 10:40 – ÉL: No lo fue. Fue “concesión principesca”. No eras amiga que coge la mano porque la desea.

23 de jun. 10:41 – ÉL: Ya solo me queda saber si eres mala o no. Mala. Si actúas con maldad.

23 de jun. 10:44 – ÉL: IMG-20150623-WA0011.jpg (archivo adjuntado)

23 de jun. 10:44 – ÉL: Intentaré guardar mis mejores recuerdos de ti.

23 de jun. 10:46 – ELLA: Gracias

LAUREL DE LA CÁRCEL DE TORERO. ZARAGOZA

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Ésta es una historia de un laurel que nació y murió en Zaragoza. En sus últimos años recibió atenciones especiales y suscitó polémicas públicas. Lo que sigue no es sino una parte de un todo mucho más amplio y todo él muy instructivo sobre la vida de nuestros árboles en la ciudad, la vivencia de muchas personas del vecindario, los esfuerzos de los profesionales arboricultories para hacer comprender su visión y sus actuaciones, la difícil situación desde la que se lucha con las palabras para intentar rescatar lo más aproximado a la verdad.

(Artículo de Javier Delgado Echeverría en la sección Opinión en Heraldo de Aragón el 10 de junio de 2015)
1. 11/6/2015. EL LAUREL DE LA CÁRCEL DIMITE

Ya está. Ya cayó al suelo. El laurel, cuyo certificado de muerte fue firmado hace ya más de dos años por el entonces Jefe del Área de Arboricultura del Servicio de Parques y Jardines (certificación que nadie quiso tomar en serio, “porque era imposible”) ha caído por tierra. Las evidencias, ahora, permiten demostrar el tiempo que llevaba sin vida y las razones de su muerte: la autopsia, de hacerse, no permitirá mantener más dudas (interesadas dudas).

El laurel, sobre el que se prefirió urdir una leyenda insostenible (su carácter centenario, su preexistencia a la construcción del edificio penitenciario, su cuidado “por los reclusos”…) antes que aceptar un estudio científico sobre su origen y su vida y su viabilidad en sus nuevas condiciones ambientales – tal y como merecía un ser sobre el que voceaba tanto afecto y respeto – y se prefirió hacer de él un arma arrojadiza contra el poder municipal (poder intrínsicamente malo al parecer de algunos notables vecinos) y elemento de siempre soliviantada “denuncia” y pieza para negociaciones absurdas.

Acaso la breve convivencia (poco más de la media docena de años) del vecindario con el laurel explica la falta de conocimientos y, en general, la frivolidad con la que se actuó en todo lo concerniente a su “reivindicación” como “símbolo” de la resistencia vecinal. En realidad, ha llegado a ser, y muy cabalmente, símbolo de la desorientación y de la desidia vecinal y de la forma interesada con la que con frecuencia algunos dirigentes ecologístas y vecinales y acometen tareas aparentemente “ecologistas, aparentemente “sentimentales”, aparentemente populares” en sus campañas “de sensibilización” y en sus reiteradas renuncias sobre el mal mantenimiento del arbolado urbano. Denuncias y campañas que podrían estar mejor orientadas y llevadas a cabo: nuestro arbolado urbano lo agradecería… y el conjunto de la población también.

Finalmente, sumido en el más absoluto de los olvidos (nunca fue olvidado en el interior de la cárcel, pero una vez en terreno del barrio salió del desconocimiento vecinal sólo por un breve espacio de tiempo), el laurel, inocente de todo cuanto se dijo y no se dijo sobre él, se hizo y se dejó de hacer tomándolo por excusa, ha caído por tierra. Destrozado, hecho pedazos de leña, puede entenderse (siguiendo el estilo de aquellas narraciones mágicas que se le adjudicaron) que ha dimitido de todas las tareas que se le quisieron artificiosamente asignar. Ha caído como un simple laurel vencido por su enfermedad, y se reúne con la tierra de la que surgió en su día como elegante producto de la Historia Natural.

Ahora sus restos, recogidos y custodiados por los samaritanos de siempre, podrán ser estudiados, si procede, para saber más sobre su vida y su muerte, lejos de aquel barullo místico-reivindicativo en el que se vio envuelto sin que una sola de sus bellas y útiles hojas dijera nunca que ahí estaban para ser utilizadas en nada más que en algún buen guiso. A lo más, para tejer una corona de victoria que, desgraciadamente, ninguno de sus más conspicuos defensores supo nunca ganar para su cabeza.

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2. 12/6/2015 LAUREL DE TORRERO, ÁRBOLES SINGULARES Y DESIDIA MUNICIPAL
(Texto mío en Facebook)

1. El “catálogo” recogido en el libro “ÁRBOLES SINGULARES DE ZARAGOZA” (2006)
Según la nota que un grupo de asociaciones ecologistas y vecinales ha remitido a los medios de comunicación, ha existido y existe “desidia municipal hacia el gran arbolado” de Zaragoza, y más concretamente hacia “las decenas de árboles que fueron catalogados como singulares en 2006″. Sin entrar ahora en otras cuestiones, cabe señalar que esa catalogación a la que se ha aludido reiteradamente en los últimos años se realizó sin ninguno de los requisitos científico-técnicos requeridos universalmente para tales tareas.

De hecho, la jefatura del Área de Arbolado del Servicio de Parques y Jardines nunca participó (ni podía hacerlo, tal como se planteó el procedimiento) y nunca reconoció tal catálogo, que se realizó al margen de este Servicio y bajo el paraguas de la Oficina Agenda 21 Local. Gabinete de Educación Ambiental del Ayuntamiento de Zaragoza, dirigido por Olga Conde, que a su vez dirigió la realización del catálogo e intervino en él también como redactora.

En ese catálogo, publicado en 2006 por el Ayuntamiento de Zaragoza y la colaboración de la CAI, se dice que hay una “Supervisión científica de fichas de especies, a nombre de Juan Pablo Martínez Roca, del Instituto Pirenáico de Ecología (CSIC)”, el cual ha reconocido que ni vio físicamente los ejemplares en cuestión ni recibió documentación concreta que avalara las afirmaciones – por ejemplo, sobre la edad de los árboles – que hacían quienes redactaron dicho Catálogo).
Un catálogo de árboles singulares que, por cierto, recoge cuatro ejemplares de Ailanto (fichas 48 a 51), especie, la del Ailanto, de la que ya en 2011 trató el BOE, en su «Real Decreto 1628/2011, de 14 de noviembre, por el que se regula el listado y catálogo español de especies exóticas invasoras.», haciéndose eco de la legislación vigente hacía años en Europa y EEUU al respecto, que desaconseja absolutamente su plantación y aconseja la tala de miles de ejemplares claramente dañinos.

Ciertamente, la dirección del proyecto consiguió posteriormente el aval municipal que hacía pasar tal catalogación por un documento “oficial” del Ayuntamiento de Zaragoza, que aparecería comprometido así en la conservación, etc., de los árboles catalogados. Con el pequeño detalle de que el Área profesional del Ayuntamiento de Zaragoza dedicada a tales fines, ya se ha dicho, nunca colaboró, ni reconoció ni se hizo cargo oficialmente de lo que se hubiera establecido fuera de su ámbito de trabajo. Lo cual explica muchas cosas que nunca se han querido dar por explicadas. Dicho rápidamente, que se trata de una catalogación sin ninguna fiablilidad científico-técnica, producto, eso sí, del afán altruista de un grupo de personas (alguna con titulación académica valiosa, aunque de ninguna se difunden su perfil profesional) amantes del arbolado y entregadas a la educación medioambiental. Seguramente se llama “desidia municipal” a la actitud profesional de esos biólogos arboricultores funcionarios del Ayuntamiento que no han reconocido entidad al “catálogo” y que han actuado respecto a esos árboles (y a muchos más) según sus propios criterios profesionales.

La nota publicada “critica que se hayan dejado perder decenas de árboles que fueron catalogados como singulares en 2006″. “Se hayan dejado perder” es una expresión que remite a una voluntad municipal de “dejar perderse” unas docenas de árboles, sin tener en cuenta qué se hizo en cada caso y las razones por las que finalmente algunos de esos árboles murieron… pese a lo que se hizo oficialmente para mantenerlos en vida. Redactada así no es sino una falacia que utiliza unas muertes como arma arrojadiza.

2. EL LAUREL DE TORRERO, SU MUERTE, SUS RESTOS: DESIDIA DE QUIÉN
En la citada nota, sus firmantes recuerdan que el laurel tenía una altura de 17 metros y «constituía un patrimonio no solo natural, cultural, histórico, sino también emocional» por haber crecido en el patio de la antigua cárcel”. Y añaden: “De hecho, cuando se constató su muerte hace tres año se propuso que el tronco se convirtiera en una escultura para preservar el recuerdo”. Sobre la primera frase mejor no decir aquí nada más.

Sobre la segunda afirmación (“se propuso que el tronco se convirtiera en una escultura para preservar el recuerdo”) conviene recordar que además de esa propuesta esos mismos colectivos, y otros, hicieron muy diversas propuestas a lo largo de varios meses. Y – esto es muy importante – desde que hace unos dos años la Jefatura del Área de Arbolado (a cuyo frente ya estaba otra persona) remitió por escrito a la Junta de Distrito de Torrero la petición de recogida de sugerencias vecinales sobre qué destino darles a los restos del laurel ya difunto, ninguna respuesta se recibió, por parte de nadie, en las oficinas de Parques y Jardines (Servicio que tiene la obligación oficial de encargarse de tales cuestiones).

Esto no se dice en la nota, quizás por desinformación de sus firmantes sobre aquel trámite oficial necesario, quizás por desidia propia a la hora de responder con propuestas concretas a la petición oficial. Durante dos años, repito, nadie se dirigió al Servicio municipal del que surgió la petición. ¿Dónde consta oficialmente que se propusiera, por quiénes, cuándo, ante qué instancias, “que el tronco se convirtiera en una escultura para preservar el recuerdo”? Quién o quiénes (de entre sus firmantes) han estado al tanto durante estos dos últimos años de qué se hacía o no se hacía con el laurel muerto, expuesto penosamente a la vista en el lugar de su defunción, sin que ninguno de los indignados firmantes de ahora dijera nada sobre eso?
¿Pueden exhibir algún tipo de documento que demuestre su preocupación, durante estos dos últimos años, sobre la situación del laurel muerto y el destino que pudiera dársele a sus restos? ¿En las actas de reuniones de alguna de sus asociaciones vecinales u organizaciones ecologistas? ¿En las actas de la Junta de Distrito de Torrero? ¿En el registro del Servicio de Parques y Jardines? Y sin llegar a tanto, ¿pueden dar noticia de alguna gestión personal o colectiva al respecto?
La memoria sobre los acontecimientos debe documentarse para no caer en narraciones interesadamente mitológicas e interesadamente políticas.

No soy “el defensor” de la política de Parques y Jardines de Zaragoza ni de las actuaciones de cada uno de sus funcionarios. He publicado suficientes críticas a muchas de sus actuaciones como para intentar (como se hace a veces) hacerme pasar por eso. Lo que sí soy es un ciudadano independiente que procura informarse sin prejuicios e informar sin censura de lo que me importa. Y en el caso del arbolado público de Zaragoza, de sus “árboles singulares” y del Laurel de Torrero tengo la convicción moral y la prueba documental (incluidas las que se recogen de las reuniones de la Agenda 21 en las que se trataron los asuntos del laurel y de los “árboles singulares”, en las que participé) de que hay personas en esta ciudad muy dedicadas a enturbiar las aguas de la conciencia ecologista de forma que no se puedan ver claramente las acciones de cada cual, las responsabilidades de cada cual.

Los ecologistas denuncian la desidia con el gran arbolado
ZARAGOZA. La caída el pasado lunes del simbólico laurel de Torrero ha sido la gota que ha colmado el vaso de decenas de colectivos sociales y ecologistas que ayer hicieron pública una nota denunciando la desidia municipal…

12 jun. 2015
Heraldo de Aragón
C. P. B.
[pagina 14, media columna superior izquierda]
Los ecologistas denuncian la desidia con el gran arbolado
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ZARAGOZA. La caída el pasado lunes del simbólico laurel de Torrero ha sido la gota que ha colmado el vaso de decenas de colectivos sociales y ecologistas que ayer hicieron pública una nota denunciando la desidia municipal con el arbolado urbano. El texto –firmado entre otros por Ansar, Amigos de la Tierra Aragón, Ecologistas en Acción, Voluntarríos o las entidades vecinales de Oliver, Torrero, La Paz y La Magdalena– critica que se hayan dejado perder decenas de árboles que fueron catalogados como singulares en 2006.
Recuerdan que el laurel tenía una altura de 17 metros y «constituía un patrimonio no solo natural, cultural, histórico, sino también emocional» por haber crecido en el patio de la antigua cárcel. De hecho, cuando se constató su muerte hace tres año se propuso que el tronco se convirtiera en una escultura para preservar el recuerdo. Los ecologistas solicitan a la próxima corporación municipal un plan de protección y conservación del arbolado singular de la ciudad, con medidas de supervisión biológico y fitosanitaria si fueran necesarias.

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3. octubre 2014. EL LAUREL DE TORRERO Y SU LEYENDA: AMPLIACIÓN, 2

(Texto en Facebook)

En estos textos, que iré publicando sucesivamente y por separado en este blog, intentaré aclarar algunos detalles de lo que publiqué el pasado día 26 de octubre en Heraldo sobre la historia y situación actual de nuestro querido laurel de la cárcel.

En este segundo artículo abordo dos asuntos: la edad actual del laurel y quiénes lo cuidaron mientras estuvo en la cárcel.

1.- La edad posible del laurel de la cárcel

El anterior artículo acababa con el asunto del carácter “centenario” del laurel de la cárcel, que pongo en duda por las razones que expuse en ese primero: dónde estaba antes de la construcción de la cárcel y qué documentación avala su existencia previa. Por ahora nada parece documentar esa existencia previa, por lo que hay una fecha límite de la plantación del laurel en la cárcel: 1928, año de su inauguración. Pudo plantarse, evidentemente, un año antes, quizás, pero no mucho antes de 1928. Eso daría para el laurel, a fecha de hoy, año 2012, 84 años mínimo. Lo normal es que se plantara ya de algunos años: suele hacerse a los siete años de vida del árbol, de modo que podría tener unos noventa y uno, poco más.

Estos detalles, aunque nimios, interesan cuando se hace causa de un dato como el de “centenario” a la hora de defender la vida de un árbol (lo cual, por cierto, no es un dato fundamental para defenderlo). Según mis informaciones contrastadas, nunca se ha realizado ninguna prueba que demuestre la edad exacta ni aproximada del laurel de la cárcel, siendo lo de “centenario” una atribución hecha “a ojo”. Hay instrumentos para medir la edad de un árbol, pero nunca se han empleado para medir la de éste. Una persona, biólogo profesional con ciertos cargos de responsabilidad en la DGA, al preguntarle sobre el particular me contestó que “los autores del libro “Árboles singulares de Zaragoza le habían dicho…”. De modo que él mismo, posteriormente autor de un buen libro sobre árboles de Zaragoza, se apenaba de “haber dado por bueno lo que le dijeron” y haber escrito él también que ese laurel era “centenario”. Escribo esto aquí porque me parece un ejemplo de malas prácticas: unos deciden a ojo la edad de un árbol y otros lo dan por bueno y lo difunden bajo su responsabilidad profesional. ¡Y encima no hacía falta par nada ese dato incierto de árbol “centenario” para defender con todas la fuerzas la permanencia del laurel de la cárcel en el lugar en que estaba cuando la cárcel se demolió! Bastaba con sus características, su porte, etc.

A esto ha de añadirse que otra autoridad, en este caso política, de ámbito regional, llegó a poner por escrito (en su día toda la documentación al respecto saldrá publicada convenientemente) que nuestro laurel era “único en España”, afirmación a todas luces incierta y fácilmente rebatible. ¡Tampoco hacía falta escribir una extravagancia como esa para defender la vida del laurel!

La edad de nuestro laurel la sabremos sin ninguna duda cuando se le haga la “autopsia” después de muerto. Tengo entendido que no se emplea ahora mismo ningún instrumento medidor de la misma por no afectar a un árbol que ya está en grave peligro y porque se estima muy cercana su muerte, cuando esa medición ya no podrá perjudicarle. Esperemos, pues. Y si resulta finalmente que nuestro laurel tiene cien o más años seré el primero en desdecirme y en investigar de nuevo de dónde pudo salir ese ejemplar que hubo de ser plantado en la cárcel cuando tenía ya 12 años o más. De hecho, ya estoy en contacto con los archiveros del Ministerio del Interior, del Ministerio de Justicia y del Patronato de la Merced para ver si en sus archivos aparece algo relativo a las plantaciones primeras que se hicieron en la cárcel de Torrero o, por lo meno, documentación sobre cuándo comenzó a haber personal al cuidado de las plantas de esa cárcel. Ahora explicaré por qué.

2.- A quiénes correspondía el cuidado de las plantas de la cárcel de Torrero (y de toda España).

Se difundió la noticia, creo que con la mejor intención, de que “los propios presos cuidaban el laurel de la cárcel”. Lo cual es una verdad a medias y dificulta comprender cómo se organizaba en las cárceles españolas (por no entrar en las de otros países, donde el asunto es muy similar) el cuidado de diversos elementos de esas cárceles: desde el economato a la barbería, pasando por la leñera, las duchas, la albañilería… y la jardinería.
Concretamente, en la cárcel provincial de Zaragoza (la cárcel de Torrero) existían 24 “Oficinas” reguladas por la “Orden de regulación de la organización y funcionamiento de Talleres”. Lo sabemos por un largo documento de 1952 conservado en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza (A-5673/3). (Actualmente se están buscando documentos similares de otros años, que deben existir custodiados en los archivos que he mencionado en el último párrafo del punto 1).
En esa Orden se detallan los 29 Talleres en los que se distribuían las tareas de mantenimiento de la cárcel de Torrero:
Carpintería y tabla, tallista, barbería, cocina, almacén leña, panadería, electricidad, grabador, encuadernador, zapatería, duchas y calderas, cocina de enfermería, quirófano, lavaderos, costura, albañilería, desinfección, taller mecánico, botiquín, jardinería, pintura, blanqueros, economato, almacén viveros, oficina de alimentación, depósito de cianuro, depósito de ácido sulfúrico, oficinas de régimen.
Y en esa Orden se especifican las funciones y tareas de los funcionarios (de la cárcel) a cargo de cada uno de esos talleres, los requisitos de los reclusos que trabajan en ellos, las tareas que se pueden realizar y los controles diarios que deben hacerse del uso de las herramientas de cada taller.
En el caso del taller de Jardinería, ese año 1952 las herramientas de ese taller eran las siguientes: “una azada, un rastrillo, una hoz, una azada pequeña y una tijera de podar.”
Cada día el funcionario encargado de ese taller (como los encargados de los otros talleres) debía hacer lo siguiente:
. vigilar el taller, las herramientas, los reclusos y los trabajos.
. abrir el taller y cerrarlo, haciendo recuento de herramientas y reclusos.
. cachear a los reclusos a su entrada y a su vuelta al taller.
. prohibir la entrada en taller a los reclusos no nombrados para trabajar en los mismos.
. vigilar la limpieza y el orden en los talleres, las riñas y disputas entre reclusos “por cuanto por tener a mano elementos peligrosos pudieran producirse incidentes de gravedad”.
. no permitir trabajos ajenos a las necesidades de la cárcel y autorizadas por su Director.
. prohibir trabajos fuera de los talleres indicados.
. recoger materiales sobrantes peligrosos.
. pesquisa minuciosa del local, para que no se produzcan fugas ni ocultaciones.

Cada día el taller se abría y cerraba dos veces, por la mañana y por la tarde y cada vez que se abría o cerraba se hacía recuento de las herramientas y de los reclusos, se les cacheaba, etc. Concretamente a las 09 de la mañana se hacía el primer recuento y a las 18,30 de la tarde el último. Tres funcionarios: el Encargado del Taller, el Jefe de Servicio y el Director de la cárcel firmaban la comprobación de que todo estaba en orden. Así todos los días, cuatro veces: primera apertura del taller, primer cierre; segunda apertura del taller, último cierre. De todo eso quedaba constancia escrita diariamente y hoy podemos consultarla en los archivos pertinentes.

De lo expuesto se deduce que sea quien sea que haya difundido la frase “El laurel de la cárcel de Torrero lo cuidaban los presos” no comprendía el verdadero funcionamiento interno de las tareas en una cárcel ni se planteó indagar sobre el particular. Del mismo modo, si alguien escuchó de algún antiguo recluso de esta cárcel la frase “El laurel lo cuidaba yo”, no reparó en qué circunstancias lo hacía el recluso, sino que dio por bueno, al parecer, que ese recluso u otros lo hacían por propia voluntad, por ganas de cuidarlo, por amor al arte…sin preguntarle por esas circunstancias, que le hubieran aclarado todo.
Lo cierto es que los reclusos de la cárcel (de cualquier cárcel española, insisto) podían presentarse como candidatos a realizar alguna tarea en alguno de los talleres que había en ella. Su caso se estudiaba: antecedentes, conocimientos, disciplina interior, etc. Una vez admitido, el Patronato de la Merced registraba su entrada en las tareas de tal o cual taller a fin de que su trabajo en el sirviera para lo que se planteaba, es decir, para la llamada “redención de penas por el trabajo”. De manera que las horas de trabajo del recluso en cuestión, registradas oficialmente cada día por el jefe del Negociado de Redención de Penas de la Cárcel, daban una suma diaria y una suma total de días que se le descontarían de su condena: es decir, si tenía que estar en la cárcel 10 años y había trabajado tantas o cuantas horas, se le descontarían tantos días de condena y saldría (si no incurría en “faltas” que invalidasen ese descuento) antes a la calle. Resumiendo: los reclusos que cuidaban el laurel, sometidos a la autoridad de la cárcel, etc., y sin facultades para realizar tareas “voluntarias” aparte de las fijadas por el Encargado del taller, lo hacían para “redención de pena” como forma de quitarse unos días (que podían ser cientos) de condena. No se trataba, pues, de lo que parece querer decir una frase como “los mismos presos cuidaban el laurel”. Esos reclusos tenían que cuidar todas las plantas de la cárcel (sitas en patios – pocas – y en los jardines de las casas del Director, Subdirector y Administrador: por cierto, aún existe, en malas condiciones, el jardín de la casa del Subdirector de la cárcel de Torrero), sujetos a la disciplina que he intentado dejar clara, así como por razones que también he intentado aclarar.

Aparte de lo explicado (insisto, comprobable documentalmente en diversos archivos), había ocasiones en las que las autoridades de la cárcel solicitaban ayuda externa. Se trataba de tareas que evidencian, precisamente, los límites de las posibilidades de trabajo de los reclusos encargados de las plantas. Por ejemplo, la poda de ramas del laurel que por superar el muro exterior del patio de la Enfermería (en el que se encontraba, junto a otras plantas) pudieran dar la posibilidad de trepar por el tronco, avanzar por una de esas ramas y dejarse caer al otro lado del muro para evadirse. En alguna ocasión, (sabemos seguro que a partir de los años ochenta del pasado siglo), profesionales de Parques y Jardines eran reclamados oficialmente para esa tarea. La dirección de la cárcel, por otra parte, reclamaba oficialmente de la dirección de Instituciones Penitenciarias o de alguno de sus Servicios ayudas concretas o permisos para la realización de tales o cuales tareas en el edificio y sus dependencias. Todo en la vida carcelaria, incluido el trabajo de todos sus oficiales, jefes, etc., estaba regido por unas normas legales y burocráticas, hasta el más mínimo detalle. Lo cual cualquiera puede comprender (le guste o no la existencia de las cárceles, los hospitales, los cuarteles, los parques de bomberos, etc.).

En el siguiente artículo escribiré sobre el proceso que siguió la salud del laurel una vez demolida la cárcel de Torrero.
En realidad, después de la explicación magistral que el Jefe del Área de Arboricultura del Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Zaragoza, Luis Moreno Soriano, hizo ante la Comisión de Biodiversidad el pasado viernes 16 de noviembre a nadie pueden quedarle dudas al respecto. Y en esa reunión había representantes de asociaciones ecologistas, vecinales (Javier grasa por Venecia, por ejemplo), profesionales… que a estas alturas ya han tenido tiempo de trasladar a sus representados esas explicaciones concretas y exactas que se nos dieron (algunas de las cuales sorprendieron, por ser desconocidas por los presentes, que en su absoluta mayoría nunca habían preguntado directa ni oficialmente sobre el particular al Área de Arboricultura). Pese a todo, y para cumplir totalmente con esta “Ampliación” del artículo que publiqué en Heraldo titulado “El laurel de Torrero y su leyenda” el viernes 26 de octubre, intentaré resumir las noticias y argumentos principales de aquella magnífica intervención.

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4. 26/10/2014 El laurel de Torrero y su leyenda
(Artículo de Opinión en Heraldo de Aragón. 26 de octubre de 2014)

Ha vuelto a los medios de comunicación la preocupación por la salud del laurel de Torrero. No es un árbol cualquiera: el cariño del vecindario y, en general, de la ciudadanía con cierta conciencia ecologista o cívica, lo salvó en su día y ha hecho de él un símbolo. Pero acaso la emoción ha superado a la razón y las leyendas han ocultado una realidad suficientemente importante y merecedora de atención sin necesidad de ellas.

Han ido difundiéndose varias leyendas sobre su pasado. Primera: “El laurel estaba allí antes de que se construyera la cárcel”. Ni las fotos aéreas, ni la bibliografía local, ni la documentación de Instituciones Penitenciarias constatan el dato. En el plano de M.A. Navarro: “Plano parcelario de Zaragoza”, de 1925, se lee, en zona cercana a donde se construiría la cárcel: “Viveros del Ayuntamiento”. Falta saber si era una intención o una realidad. ¿Se diseñó la cárcel cuidando de hacer un pequeño patio precisamente para ese supuesto laurel? En una construcción se despeja el terreno y se excava para la cimentación. Si entonces ya se hubiera tenido tal actitud hacia un laurel (que entonces sería jovencito), éste sería un país en el que raramente habría que seguir luchando por la preservación del arbolado urbano.

Segunda: “Es un laurel centenario”. Nadie ha dado nunca datos basados en las pruebas científicas por las que se conoce la edad de un árbol. La inauguración de la cárcel en 1928 sí nos da una fecha muy aproximada de cuándo pudo ser plantado: hoy tendría unos 84 años. Por cierto, no es casual que por esas fechas se plantasen bastantes laureles en la Academia General Militar (inaugurada también en 1928), en cuarteles y edificios oficiales de Zaragoza. Algunos permanecen.

Tercera: “Los presos se involucraban en su cuidado”. Instituciones Penitenciarias tenía una unidad de mantenimiento de la vegetación de las cárceles y no ponía en manos de presos los instrumentos (peligrosos) necesarios para la poda, etc. En la de Torrero había diversos patios, con algunas robinias (nunca rosales: sus tallos espinosos podían emplearse como arma), y pequeños jardines: en las casas del director y del subdirector, en la entrada antes del “rastrillo” y el de la enfermería, donde estaba el laurel. Con él había palmitos, setos de aligustre, un emparrado…. Se accedía con permiso especial y en horario ajustado, por lo que los presos no estaban allí mucho rato a la espera o tras la consulta. Yo mismo pasé por él cuando estuve preso en el otoño-invierno de 1975 por pertenecer al PCE. Eso, más el abrigo del muro de un pabellón y de dos altas tapias, que le evitaban el cierzo y la excesiva insolación, explicaba su inmejorable estado de conservación.

Tras el derribo de la cárcel, las fotos aéreas de principios de este siglo lo muestran aislado en medio de la nada, expuesto al cierzo y al sol. Por eso la nevada del 2005 y la ventolera del 2009 pudieron desgajarle una gran rama y afectar a otras, tras lo que quedó en muy peor estado. No hubo negligencia de Parques y Jardines: sencillamente, el laurel no era de propiedad municipal y ya no se favorecía de la ayuda inmediata que le daban los muros de la cárcel frente a nevadas y ventoleras anteriores y aún peores. Además, estaban las obras de los bloques de viviendas y de la urbanización entre ellos y lo que se dejó en pie de la cárcel (hoy ‘okupado’), siempre problemáticas para el arbolado. Las losas empleadas resultaron nefastas para el árbol: acumularon agua en su cuello, lugar extremadamente delicado. Hubo intermitencias en su riego, por cortes en los tubos de riego por goteo. Finalmente, la excepcional sequía de este verano lo ha rematado.

En resumen, el laurel de la cárcel vivió muy bien mientras estuvo “encarcelado” y la “libertad” sentó muy mal a su salud. Ciertamente, gracias a la presión vecinal y a las campañas ecologistas el laurel se mantuvo en su sitio y obtuvo una atención mayor de lo normal. Pero la vida de un árbol no depende sólo del cariño de los humanos, ni siquiera de las atenciones profesionales: la muerte los persigue (como a todo ser vivo) desde que nacen y el laurel de Torrero ha llegado a sus últimos días.

Se ha difundido que el laurel “está muerto”. Quienes lo han dicho no han explicado con qué medios ha constatado su defunción. Por el contrario, el jefe de Arboricultura de Parques y Jardines hizo una reciente medición con un shigómetro (por Alex Shigo, su inventor) y comprobó que a metro y medio de altura hay una zona viva, que da al Oeste y conecta con ese lado de la copa. No es seguro que en la copa haya vida. En todo caso, las hojas que le nazcan en ese lado serán insuficientes para mantener viva tanta masa arbórea. En su informe recomienda que se espere a la primavera para ver qué sucede, pero avisa que está “en estado general de deterioro absoluto”. Difícilmente sobrevivirá.

Me permito hacer una propuesta: despidámonos del laurel de Torrero como de un viejo familiar querido. Hagámoslo con elegancia, colectivamente. Y pidamos que se plante en su lugar otro laurel que tome el testigo de una vida que ha llegado a ser símbolo de una vivencia ciudadana. Que al “laurel de la cárcel” le suceda el “laurel de la libertad”. Honremos el pasado. Miremos al futuro.

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NOSOTROS. CAPÍTULO 1. EN LOS CALABOZOS NO HAY PERSIANAS

Piranesi02

I: En los calabozos no hay persianas

1

En la séptima estáis y aún os quedan muchas, mejor no lo sepáis, pobres atribulados, tú y él, desparejados, aislados, enfrentados a las paredes, las sogas, los grandes travesaños, esos puentes colgantes que rechinan, las casetas iluminadas tan tenuemente, los faroles oscuros, las ruedas espinosas, las argollas gigantes, los altos pilares, las poleas inmensas, las escalinatas con sus balaustradas, las sombras humanas. Estáis en la séptima y algo sabes: al llegar, alguien con voz muy ronca dijo: “Séptima” y lo escuchaste.

Sois dos pero podéis ser muchos más, legión, si allí os convencen de que deis los nombres de los camaradas. ¡Has visto unos despojos deshuesados en el brocal de un pozo! ¡Escuchas insistente la llamada de auxilio de otras voces más o menos lejanas, apagadas, soterradas o tal vez amordazadas! Y a estos grandes sillares los recubre un moho que no impide la lectura de trazos que son nombres, fechas, promesas, listados acompañados de crucecitas y cruces, frases admirativas que no te admiran, interrogantes que no despiertan tu curiosidad. ¿Escribirás tú también tus mensajes sin destinatario en esas paredes? Con uñas sin cortar, con dientes rotos, grabarás en la cal y en la piedra viva tus signos distintivos, tu personal (anónima, si puedes) aportación a una cartografía de naufragios en la que ya sin que tú lo quisieras aparece tu nombre, tu nombre que llevaron otros. ¿Quién eres tú entre aquellos desventurados que llevan tu nombre pero no es el tuyo?

Víctor no ha vuelto. ¿Volverá? Es decir: ¿lo traerán de nuevo a este lugar en el que fácilmente cabrían cien Víctors y cien buenaventuras más? Has tenido la confirmación nada más despertar: allí viven docenas de insectos y otros seres más o menos pequeños: pulgas, pulgones, chinches, ladillas, piojos, escarabajos, efímeras, gusanos en gusanos y gusanos de orugas en trance de transformación, arañas de muy distintas formas, mariposas de bastantes familias y también falenas o polillas, grillos habrá y acaso saltamontes, mariquitas, avispas, mosquitos, cochinillas, hormigas, ciempiés, moscas y moscardones, tábanos, abejorros, gorgojos. ¿Habrá luciérnagas, libélulas, caballitos del diablo, garrapatas, escorpiones?

No han sido los gritos ni los nombres ni el olor ni la humedad ni el frío lo que te ha encendido las preguntas dentro del incendio general de la cabeza, sino esa picazón de la curiosidad que acaso haya nacido de picazón cierta, de picotazo, mordisco, aguijoneamiento u otras formas de querer aprovechar tu carne y tu sangre por los más variados métodos. Y es verdad: bajo tus ropas pringosas percibes perfectamente un hervidero de bichos rastreando tu carne y accediendo a sus mejores puestos, más cálidos y suaves, delicados puestos de tu anatomía. Sufres un horror.

Bajo el cuello de tu camisa notas el repetido pálpito de unos seres que a la vista son pequeños gusanos muy blancos, incoloros casi, de cabeza minúscula y marrón rojiza. Una lupa, y verías la cara de unas cuantas docenas de termitas buscando en ti sustento. ¿De dónde llegaron, tan silenciosamente? Acabas de saberlo: del alto techo cuyo enyesado padece la lepra. ¿Pero es que tienes tú algo de madera? ¡A qué demonios vienen estas larvas, repugnantes, ínfimas!

El extraño reflejo de un rayo de sol inverosímil en las profundidades de estas profundamente subterráneas mazmorras te ha mostrado durante unos segundos la figura sedente de Víctor sonriente, un desastre literario en tres palabras, un fantasma en calzoncillos blancos: sentado, sí, sobre su propio culo, con las piernas cruzadas a lo indio de la India (eso está claro), cruza también sus brazos pero éstos más arriba de la cabeza (se confirma qué tipo de indio está haciendo). Rara imagen. Su huesudo esqueleto, bajo una piel cetrina, deja ver sus costillas como teclas de un acordeón. Su vientre se distiende más o menos cada cuarto de hora y el blanco de sus ojos está fijo entre unos párpados triplicados por la hinchazón: le han dado de lo lindo esos canallas.

Entreabre los labios cada poco pero no hay forma de saber qué está diciendo si es que realmente habla; porque a veces parece que tan sólo emite unos sonidos que no llegan a palabras o unas palabras que no son comprensibles. Buenaventura, reconócelo: tu amigo y jefe Víctor anta farfullando una salmodia que suena más o menos a mandalananda lananda nanda mandalananda lananda nanda. ¿Es que tiene frío y te pide una manta? ¡Pero por qué se puso casi en cueros si es así!

-Víctor, vístete.

Le dice con más aprensión que otra cosa.

Pero Víctor sigue temblando en calzoncillos y recitando el mandalalanda ése de los cojones que te ha puesto nervioso. ¡Si al menos te mirara o te mirase!

Pero no te mira. Tampoco los gusanos que ahora tienes en la palma de la mano derecha parecen mirarte. Nadie te mira. Y sin embargo sientes un bullicio de vida que te acosa, como una expectación sin cara, sin ojos, solamente mirada, solamente presencia mirándote, presencia casi vegetal pero animal, sin duda. ¿Serán los insectos-palo? ¿Cosas del mimetismo?

Lo que corre por tus piernas no es un insecto-palo ni una lagartija ni la manida rata ni un ratón: es una multitud de patas que se empeñan en subir hacia tus ingles y alcanzar tus cojones, que los alcanzan, que los alcanzan, ¡desnúdate!
Ahora entiendes la desnudez de Víctor aunque no sus sonidos. ¡A manotazos
con ellos! ¡Que son docenas, cientos, ¿miles?! ¡Si parecen las piernas de un negro! En tu caso, un ridículo negro, tan ridículo como pueda ser un famélico blanco haciendo el negro en plena oscuridad. Pero tú te ves y sobre todo te sientes y eso es lo que importa, lo que sientes, qué pavor.

Sentado está Víctor con doble pareado si no eres exigente con estas cosas, vigila tu vocabulario, Buenaventura; te queda una novela entera y verdadera con sus muchas palabras y sus otros tantos finales de palabra cuídalos, enano, cuídalos, por el bien de tus lectores (y lectoras, ya salió), cuídalos, por favor. Ya el título del capítulo es una cagada, ¿no lo ves? ¡Qué clase de escritor te anda escribiendo, chaval !¡Yo que tú cambiaba de manos! Pero ahora, urgentemente, ¡manos a los bichos, Buenaventura! ¡Manos a los bichos!

Esa larva peluda está tirante. Un batallón de pelillos se mueven en el aire. La voz que la acompaña es grave y graves son las palabras que suelta, como perros a por su presa, esa boca más breve que grave. Porque ahora, querido, ahora te toca a ti. Ya te está tocando. ¡Y tanto!

En las comisarías de Noruega tratan con gran cuidado y tacto a los detenidos, sean noruegos o no; reconocen que de hacerlo sólo con noruegos tendría poco mérito pues en total son pocos. En las comisarías de la España de Franco tratan a patadas a cualquier detenido, venga de donde venga, porque la visita forma parte de los menús turísticos. Abrir una o dos cabezas de franceses o ingleses, ecuatorianos o alemanes tiene poco mérito, pero no falta el mérito en aquellos visitantes que se las dejan abrir, que para eso están los consulados, etcétera. No están esos para lo de abrirles la cabeza sino para impedirlo en la medida de sus fuerzas diplomáticas, que son siempre pocas comparadas con la fuerza bruta de un poli español puesto al asunto.

Al tío de la ceja con forma de larva peluda no le cabe en la cabeza que cada día pasen unos cuantos turistas a recibir hostias en comisaría, pero son tan pocas las cosas que le caben ahí adentro que no le resulta extraño. Vienen, pues vienen. Por algo será. También van a los toros, si es por eso, y a ellos no les va nada.

– Porque dígame, Martínez, ¡qué coño les importa si acaba bien o mal la fiesta nacional a unos cuantos franchutes! ¡Si no pueden comprender nada de nada!
– Es verdad.
Martínez asevera de lo lindo. Por eso al de la gran ceja le cae bien y se explaya en comentarios que su subordinado corroborará incluso aunque no sepa de qué va eso tan raro e corroborar. Intuición que tiene uno, ¡a ver!

– Y hablando de lo nuestro, Martínez, a esos dos esmirriados ¿qué tomate les podemos hacer? A mí hoy me tienta una sacudida con chispas y todo el monario. Que hace tiempo que no ponemos a cien el aparatejo.
– Es verdad.
– Lo que no tiene la cosa eléctrica es lo que tiene nuestro contacto, por así decirlo, carnal. ¡Ni de lejos! ¡Porque donde se pongan los puños, las rodillas, los pies o los codos…!
– Es verdad.
– ¡Y que lo diga! ¡Pues no sabe muchísimo más rica una paliza como quien dice a pelo que todos esos artilugios juntos! ¡Si yo asesorase al Caudillo! ¡Porque al Caudillo tendríamos que asesorarle gente como nosotros, prácticos del asunto! ¡Y no chupatintas que hablan de oído y se dejan engatusar! ¡Y además son del Real Madrid!
– Es verdad.
– ¡Engatusar y untar bastante bien! ¿Eh, Martínez? ¡Que algo bueno soltarán los tíos que venden esos cachivaches! ¡Pues lo que es yo, si les cojo en un traspiés me llevo el doble de comisión! ¡Todo un pellizco! ¡Que ya vale de mamonear siempre los mismos cuatro gatos! ¿No es verdad?
– ¡Y que lo diga!, soltó alegremente Martínez, convencido de que con esa variación mejoraría bastante la novela, esta novela, ¿no es verdad? Es verdad.

Pasaban las horas, tantas horas esperando siempre lo mismo. Y un día. Y otro día. Y así hasta un quinquenio y cuando coges la primera paga con el plus pues muy bien, pero al cabo del tiempo…

Abajo tenían a esos dos comunistas esperando que les dieran tute. ¡Pues se lo habrían de dar! Antes de irse a la cama se pondrían morados de dar y dar estopa.
– Me va usted a traer a esos rojos, Martínez. Que hace ya mucho rato que no hemos cumplido con nuestro deber en lo que tiene de más sagrado.
– Es verdad.
– Pero me va primero a subir al chico. Debe de estar ya cagado hasta las mismísimas narices. ¡Si lo huelo yo desde aquí! ¡Si apesta!
– Es verdad.
– ¡Pues hala! Me lo trae y marcha luego a por un par de cervezas con sus bocadillos.

Eso tiene Martínez, que además es buenazo como él solo. Vale igual para dar candela que para traer cigarros.

– ¡Por cierto! ¡Y tráigase un par de cajetillas de Camel! ¡Que ya echaremos cuentas!

Sírvase traerme. Tenía que haberle dicho Sírvase traerme. Por su rango y distinción, tenía que cuidar las formas… ¡La sagradas formas! ¡De esas sí que tenía un buen saco para dar y vender! Ahora con el pequeñete…¡Qué birria de gente! ¡Cómo les dejarán entrar en el partido así…!

Recordaba la envergadura de Rodríguez, su aspecto de gigante, sus manazas. ¡Y aquel Floreal, que a cabezazos les hacía estragos en las ruedas de reconocimiento! ¡Como que se rompía el mismo la cabezota contra la pared! Aún quedaban sus marcas sobre los respaldos de las sillas. ¡Aquella sangre rojinegra y espesa como un puré!

Pero estos otros, ni para el peso pluma. ¡Sesera eso sí! ¡Tretas eso sí! ¡Más que el Ulises de Homero! Eran unos marrulleros y había que ponerse serio con tipos como esos. ¿No me dices nada que me interese¿¡Pues te rompo la boca! ¡No me interesa escuchar bobadas, cuentos chinos…! ¡Ganas que tienen de perder el tiempo! Van contando las horas y así se animan. ¡Incluso cuando pasan los días sin noticias del exterior ni rendija por la que se cuele un rayo de sol! ¡A pura bombilla! Él los entendía. Para eso pasó meses en una de aquellas checas de Madrid. Esta comisaría, un hotel de cinco estrellas comparada con lo que tenían preparado allí.

– ¡Si yo os conozco muy bien! ¡Si yo he mamado toda vuestra mala leche! ¡Y en la guerra, no en esto de ahora! Si seguís mudos, pido el permiso y os muelo a palos! ¡A palos os muelo!¡Ya os hubiera molido yo! ¡Si por mí fuera…!
Y daba de bofetadas y pescozones una buena ración. A Buenaventura le ardía la cara y el cuello, sobre todo el cuello, ese cuello que habían elegido las larvas de termita para sus excursiones. Le consolaba pensar que con aquellos metidos caerían por docenas. Y era verdad.

– ¡Pero qué es eso que tienes en el cuello, guarro más que guarro! ¡Si son gusanos! ¡Oye tú, tío! ¡No te nos estarás pudriendo! ¡Te lo prohíbo terminantemente! ¡Ja , ja, ja! ¡Que se nos pudre, nuestro enanito saltarín!

De una patada en el culo lo había lanzado contra la pared. Apoyó todo su cuerpo en ella, buscando reposo. Entonces el inspector le cayó como un saco de piedras, aplastándolo. Soltó todo el aire. Temía que se le rompiesen las costillas. Se desmayó.

Despertó con los dedos del inspector metidos en los oídos como dos barrenos. La larva peluda estaba a punto de saltar sobre sus ojos y expandir su veneno urticante. Los ojos de aquel animal no se movían, fijos en los suyos, glaciales. ¿Horadaría realmente sus oídos con aquellos dedos apestosos de nicotina? ¿Le rompería los tímpanos? No movía ni un músculo, esperando lo peor.

– Te van a doler día y noche, pequeñajo. ¡Y no podrás hacer nada para calmar el dolor! Y aprende una cosa, rojete: toda la nicotina que tengo en mis dedos te va a producir un picor más que regular! ¡Y a ver cómo rascas! ¡Asqueroso! ¡Agusanado! ¡Qué peste es ésta que nos has traído aquí!

Con aquel tío sobre su tripa era realmente difícil mantener algo de lógica en la respiración. Por momentos se erguía, por momentos dejaba caer todo su peso sobre su vientre. La vejiga estallaría en cualquier momento. No quería…no quería…Se meó.

– ¡Eres un desgraciado! ¡Un guarro desgraciado! ¿Y ahora qué hago contigo? ¡Pero qué asco das!

Entró el otro policía. Relució su zapato cuando le dio un puntapié.

– ¡Deberías hablar con el jefe, rojo idiota! ¡Pero, y esto…!
– El muy guarro, que se ha meao. ¡Aquí, en el puto suelo de la oficina!

Y aplastaba intermitentemente sus intestinos, buscando miserias mayores. Buenaventura soltó los esfínteres del alma y del cuerpo y se cagó. Un hedor inundó rápidamente la pequeña oficina. Sintió sus propias heces impregnando las perneras del pantalón, sus muslos.

– ¡Venga ya! ¡Y ahora va y se nos caga el tío éste!
– ¡Este chaval no es un comunista! ¡Es un cerdo!
– Si fuera un buen comunista tendría más educación y, sobre todo, más aguante, más pundonor! ¡Este niñato es un mariquita!
– ¡Un mariquita cagón!

Cerró los ojos. Creyó que así se aislaría y aguantaría mejor. Los abrió inmediatamente: no podía soportar la oscuridad a merced de aquel policía. Tenía que ver. Tenía que ver. No quería. Pero tenía que ver. Cerrar los ojos le ponía peor. Sintió que su cuerpo expulsaba todavía más heces y más pis y que luego quedaba en una paz deseable. ¿Se habrían dado cuenta esos dos? Le pareció que no. ¿Qué hacían entretanto? Con aquellos dedos removiendo constantemente en sus oídos no podía escuchar nada que ellos no quisieran que escuchase. Miraba la cara del inspector, congestionada. Veía sus gestos hacia el otro, la saliva formándole un hilo blanco entre los labios.

– ¿Qué miras, idiota? ¡Ahhh! ¡Toma! ¡Para que sepas cómo es la de un hombre!

Recibió su saliva en la boca mientras el inspector le apretaba las narices con unos dedos capaces de arrancársela de cuajo. Escupió. Le llegó más líquida. Tragó. Las arcadas no pararon hasta que vomitó. De un estómago vacío, ¿Qué podía salir? Un líquido muy acido contra el que una manaza le obligo a poner la cara, la boca, la nariz.

– ¡Vas a oler a tu mierda durante muchos días, desgraciado!
– Pues la otra mierda y los pises los vas a tener que limpiar. ¡Con tu mismísima lengua!
Sintió que le removían el cuerpo y le cambiaban de postura. Intentaban ponerle a cuatro patas. Recibió el golpe a la vez en los dos oídos, un aullido interior, un fulminante pitido. Se abalanzó de cabeza con todas sus fuerzas contra las baldosas y se desmayó.

– Mandalananda lananda nanda, mandalananda lananda nanda, mandalananda…
– ¡Víctor!
– Mandalananda lananda nanda, mandalananda lananda nanda
– ¡Víctor!

Nada de nada. Ni un músculo mueve Víctor cuando él lo llama. En la penumbra, su figura es la de un fakir, con aquella postura. Desistió. Se quitó pantalón y calzoncillos. Se quitó camisa y camiseta. Se enrolló literalmente en la manta rasposa que le habían dado. Como un canalón. ¡Qué buenos canalones hacía su madre! ¡Con qué bechamel!

El pitido en los oídos, el pitido sin fin.

Tiritando como un poseso, probó de nuevo a llamar a su amigo, camarada, dirigente. Sería la última vez antes de cerrar los ojos, ahora sí:

– ¡Víctor!
– ¿Qué?

¡Le había contestado! ¿O era efecto de aquellos pitidos intermitentes en lo más íntimo de sus oídos? Víctor le miraba y movía la cabeza. Poco, pero la movía.

– ¿Qué tal estás?

No se le ocurrió otra cosa.

– Bien. ¿Y tú? ¿Te han dado muy fuerte?
– El golpe más fuerte me lo he dado yo mismo. En la frente. ¡Para acabar de una vez!
– ¿En la cabeza? Ten cuidado con los golpes. Que luego se pagan. Y tenemos mucho tiempo por delante aún para resistir.

Aquellas palabras de Víctor tuvieron la mala sombra de hacerle sentirse peor. Y también más aislado, más solo. Se recuperó. Estaba nada menos que con Víctor y podía conectar con él. En esas circunstancias, eso era un regalo de los dioses. Víctor pareció leerle el pensamiento porque le dijo:

– De todas formas, has hecho bien. Hay que racionar las fuerzas… ¿Qué es eso que huele tan mal?
Le hubiese agradecido silencio sobre aquel particular. Pero una vez hecha la pregunta…
– Es mi caca y mi pis. El animal, se me ha sentado en el vientre y…
– ¡Ya, ya! No te preocupes tampoco por eso. Es natural. ¿Te han preguntado algo concreto? ¿Por algún nombre…? ¿Por mí?
– No. Sólo me han estado haciendo daño y hablando mal de mí.
– Mejor.
Pero en su interior a Víctor le brotó un incendio. Su situación allí, los dos cerca en los sótanos,,, Ninguna pregunta…aún…Al pequeño… no había que asustarle más de lo que ya estaba.

Ambos quedan mudos. Inmóviles. O eso parece. Se oyen cañerías como tripas lejanas y el correr de muebles, de pesados muebles que hacen delirar de dolor a las baldosas, que aúllan. Luego hay silencio. Un silencio como un túnel en el que ambos, sin decirse nada, intentan detectar algún movimiento, percibir alguna señal al otro lado, del lado de los otros, de ese lado al que su imaginación no puede despegarse aunque lo intenten, sin decirse nada, en silencio.

2

– Camaradas…tamos en la recta final…franquismo cae inex… las fuerzas democráticas… avanzan …coraje del movimiento obrero…régimen aún… poder … no hay que desestimar…desesperada…coletazos… coletazos.

Desde su asiento no puedes oír todas sus palabras. Pero las imaginas. Tampoco es tan difícil. Sólo hay que estar atento a esos finales en los que acentúa subiendo el volumen. A veces la pronunciación parece salir directamente de los labios de un hortelano de Zaragoza o de un labrador de Ejea, y entonces tú das un respingo en el asiento, herido por esas balas de amarillo intenso que rozan las cabezas de todos los presentes, rondan entre sus cuerpos, giran entre las patas de las sillas y acaban en el polvo, entre ceniza y pelos y pedacitos de papel. Hay palabras que brillan en el oscuro cielo del cuarto con un aro de luz en sus contornos, expandiéndose como globos o burbujas sobre los reunidos. Otras veces las palabras ruedan remolonas rodeando el asunto hasta acabar fundiéndose con él. Entonces lenguas de fuego y aire refulgen diamantinas en un exultante Pentecostés.

Ahí estás tú, entre los camaradas, ocupando tu puesto en la historia o en la Historia, que todo puede ser. ¿Un joven como tú puede hacer que se desaten grandes acontecimientos? ¿Cuál es, en todo caso, tu papel? Mientras no lo sepas, ahí está el Partido. Mientras no lo sepas y para que lo llegues a saber, o no llegues nunca o no encuentres tu rastro, tu rastro de hombre solo, individual por mucho que te esfuerces por disolverte en un magma de consciencia y voluntad y acción, por mucho que a menudo digas ese “nosotros” o te refieras a todos los que conoces y a quienes nunca conocerás con “el Partido”, suma y resumen de vuestras biografías, de vuestra ilusión, de vuestro destino. ¿Cuál de esas tres palabras te ha traído aquí?

– Es…de preparar…resortes…tensar…yacumular…néstos momentos…la fase…

Has leído esas frases hace algunos días. Sobre los papeles extendían sus hilos como arañas sin fuerza, o eso te pareció. Le dijiste que bien, que muy bien… Le dijiste…Siempre se lo dices. Si alguna vez tu tono fue de vacilación…Estás empezando a pensar con demasiados puntos suspensivos. ¿Por qué no escuchas atentamente la intervención del secretario regional? No siempre sus palabras son las que has leído, ahí está la gracia. ¿Qué viaje han hecho esas palabras antes de aterrizar ahora sobre la mesa, las mantas, los ceniceros?

Porque han matado al almirante Carrero Blanco y han puesto al país patas arriba justo cuando van a juzgar a los de Comisiones Obreras, ahora quién sale a la calle, quién reúne una asamblea, quién echa una octavilla.

ESCUDO DE LADIPUTACIÓN DEL REYNO DE ARAGÓN. 1445-1455. MUSEO DE ZARAGOZA

En el Museo de Zaragoza se custodian dos grandes obras de arte: los escudos del Reyno de Aragón, fabricados entre 1445 y 1455. En ellos, además de las figuras heráldicas, pueden verse imágenes del reino vegetal y animal, elegante ornamento. Tales figuras (entre las que hojas de roble, de cardo y de col rizada, además hay perros, nutrias, liebres, búhos, simios…) tienen un sentido en el lugar que ocupan. Acaso están aludiendo a dos realidades de a vida: la caza de unos eres a otros más débiles y también los lazos solidarios entre seres del mismo grupo. En todo caso, la atención en ellos, la comparación de estas obras con otras contemporáneas y la documentación al respecto puede que un día nos desvelen claramente el sentido de estas extraordinarias obras de arte.

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En la imagen vemos a un Búho defenderse del ataque de un gato montés

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En esta imagen vemos hojas de cardo

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En esta imagen vemos la corona realzada con hojas de col rizada

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En esta imagen vemos la cabeza del dragón

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En esta imagen vemos a un perro que ha cazado un ave acuática

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En esta imagen vemos a un simio con una piña entre sus manos

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En esta imagen vemos a una nutria que ha cazado un pez

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En esta imagen vemos a una zorra que ha cazado un gallo

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En esta imagen vemos hojas de roble

EL JOVEN CENSOR

    pedos no

Era un chico marcado por la necesidad de hacerse un sitio, ganar un espacio entre los espacios que sus hermanos habían recibido gratuitamente como espacios especialmente destinados a ellos. Ellos sí los tenían y los disfrutaban, pero él no. Y le dolía saberse uno en el intersticio que dejaban los otros, esos otros a quienes escuchaba respirar y enfermaba. Era algo más que envidia lo que le mataba. Se trataba de un problema de identidad.

 

Creció, pues, mirando de reojo a sus hermanos y por extensión a todo el mundo a su alrededor. Siempre había quien merecía de forma natural lo que para él seguiría vedado. Lo que deseaba no era conseguir, conquistar el premio de una mirada confortante. Lo que quería era abrir los ojos y encontrarla ante él, ya dispuesta, como esas miradas que veía iluminarse una y otra vez para los demás. Precisamente la gratuidad de esa mirada, seguramente arbitraria y por eso aún más deseable.

 

Creció, pues, sufriendo a cada instante. Su nacimiento, acaso, no había sido el nacimiento de alguien sino un pseudonacimiento entre los verdaderos nacimientos de los otros. Ni una sola palabra amable pudo nunca curarle de su mal. Y ya cumpliría los quince años. Se le había pasado lenta y decepcionante la infancia. Y ahora, enseguida, sería ya mayor.

 

Entonces encontró en el colegio la complicidad de algunos, algo parecido a la amistad. Cómplices amantes de una Virgen María muy madre, sobre todo muy madre suya, madre con ojos para él. Y esa complicidad de congregantes marianos y esa mirada pintada en aquellas escayolas le hizo, por fin, feliz. Aceptó el adoctrinamiento del cura responsable del grupo, un cura especialmente dotado para la persuasión de los adolescentes: de movimientos y gestos pretendidamente viriles y firmísimos, su voz era meliflua como un jarabe y en la intimidad su acento era una droga a la que los congregantes se entregaban con rápida adicción. Para él, este cura era una mezcla de padre y madre y hermano deseables, que le miraban tres veces bien, con todas esas miradas que no había encontrado en su familia. Y aquel encuentro produjo en el chico una transformación.

 

Sus rudas maneras, que en el ámbito familiar le habían ganado fama de brutote más apto para los actos de fuerza bruta que para los empeños de la razón, dieron paso a una gracilidad desconcertante. Desconcertante incluso para él. Y decidió intentar establecer en su cabeza un orden intelectual, un intento de raciocinio con el que perfeccionarse y pulirse y ser mejor. Digerir las charlas de los curas, los textos de sus folletos, las enseñanzas de algunos libros píos: ésa fue su dedicación. La promesa de una madre en exclusiva (compartida, sí, con millones de seres, pero milagrosamente atenta sólo a él) era el premio constante a sus esfuerzos. Súbitamente, necesitó gafas. Al comenzar cualquier frase adoptaba una postura intermedia entre la confidencia y la oración. Algunos compañeros de clase comenzaron a preguntarse a sus espaldas si no se habría vuelto maricón.

 

A la vuelta del campamento del primer verano de su nueva vida decidió que como congregante tenía la obligación de velar por la salud espiritual de quienes le rodeaban. Y, bien rodeado de hermanos de todas las edades, resolvió dedicarse a los más pequeños, acaso porque no se sintió capaz de obrar entre los mayores, acaso porque antes convenía influir en la infancia que enfrentarse a caracteres más formados que necesitarían obviamente la atención de personas mucho más preparadas. Y así nació al oficio de censor.

 

En primer lugar, no podía permitir que su hermano más pequeño tuviera entre sus manos a menudo un libro en cuya tapa podían verse sirenas con los pechos al desnudo. Así que aprovechando un descuido del niño le quitó el libro y lo escondió entre sus propias ropas: entre calzoncillos, camisetas y calcetines no harían daño a nadie aquellos pechos escandalosamente visibles. Pero a partir de entonces comenzó para él un calvario de tentaciones: acudir al armario, abrir el cajón y tomar ese libro en sus manos le producía una inmediata erección a partir de la cual su imaginación desvariaba peligrosamente. Aquellos bellos pechos que al niño lector no hicieron ningún daño (se trataba de un librito de mitología en el que buscaba las definiciones de aquellos seres mágicos de la Antigüedad) fueron para él primero un motivo de escándalo y enseguida una tentación en la que tropezaría mucho más de lo que se sentía dispuesto a confesar, lo que le acarreó un nuevo motivo de malestar espiritual.

 

De erección en erección, los pechos de aquellas sirenas hicieron de él un muchacho dado a las visitas y a las miradas a hurtadillas: cerca de él había muchos más pechos femeninos que en las tapas de aquel libro, y aunque ocultos bajo la ropa su mirada podía imaginar las formas de aquellos paraísos que le estaban poniendo a las puertas del infierno. Aún más: a veces, sólo a veces pero suficientes veces, los frutos femeninos se mostraban algo menos cubiertos o más móviles de lo habitual. Se diría que todas aquellas señoras tenían algo de sirenas y que tramaban una venganza contra él. Dulce venganza, pero peligrosa. Sus rezos aumentaban cuanto más aumentaba el tamaño de su obsesión entre las piernas. Afortunadamente, los ojos de las escayolas nunca variaron ante sus miradas. Había un refugio en ellos y en ellos se refugió.

 

A medida que su imaginación imaginaba cada vez más frecuentemente lo que no debía (según su confesor), su celo censor también aumentó y más frecuentemente buscaba ejercer esa tutoría moral que se había impuesto. ¿Podía ser un ángel de la guarda de su hermano pequeño? Acaso esa blanca tarea compensaba de algún  modo sus torpes tropiezos en la oscuridad. Su hermano, pues, se convirtió de ese modo para él en un alter ego en pequeño, un sujeto sobre el que ejercer no sólo la tutela sino la orientación espiritual. Pronto fantaseó que ese pequeño era él pero más pequeño, sencillamente alguien que sólo se diferenciaba de él mismo por la edad. Y estaba a tiempo de impedir, con su ayuda, que al pequeño le sucediera lo mismo que a él cuando fuera creciendo. El premio, su premio, que recibía en el más absoluto de los secretos (no era pecado, no había que contárselo ni al confesor) sería recibir como si a él mismo estuvieran dirigidas, esas miradas que nunca recibió. Al fin y al cabo, ¿no estarían muchas de ellas motivadas por un comportamiento del pequeño del que él tenía cierta responsabilidad?

 

La idea era sencilla (pues difícilmente hubiera podido concebir una complicada): observando su propio caso, su entrada como de un empujón en aquel mundo de continuas tentaciones de la carne, pensó que seguramente su propio vivir hasta hacía bien poco desprevenido de los peligros había facilitado las cosas al maligno instigador de sus caídas. Así pues, tenía que advertirle cuanto antes al pequeño de todo aquello que se le vendría encima, si no inmediatamente, a no mucho tardar.

 

Pronto encontró la forma de acercarse a su objetivo. Con otros congregantes organizó un breve campamento de verano especialmente concebido como escuela moral. Ni más ni menos. Poco importaría que en el lugar escogido (la chopera del pueblo de uno de los amigos) no hubiera montes ni valles, vegetación ni monumentos: habría doctrina, mucha doctrina. El calor, la suciedad del riachuelo, los mosquitos, la falta de objetivos para las excursiones (“marchas”, en el lenguaje militarizado de la Congregación), ¡qué más daba! Lo importante sería poder tener todo el tiempo del mundo para las charlas formativas.

 

Consiguió mucho más fácilmente de lo que imaginaba el permiso paterno. Y en cuanto al pequeño, tampoco opuso resistencia. Más bien parecía darle todo igual. El chico se dejaba, literalmente, llevar. Y se lo llevó.

 

Durante los diez días que duró aquel simulacro de campamento los tres jóvenes jefes dedicaron bastante tiempo a explicarles a un puñado de niños de diez años los peligros que acechaban en el mundo exterior. Fuera de sus casas y de sus colegios, un  sin fin de personas intentarían acabar con su inocencia y hacer de ellos presas del pecado, especialmente del pecado más pecado y peor. Para que lo entendieran más fácilmente, les contaban historias que llevaban copiadas del  librito de un jesuita francés.

 

Unos niños salen del colegio. En la acera de enfrente hay un coche aparcado. Cuando los niños se acercan, una mujer abre la puerta y con un movimiento de sus piernas ofrece los muslos a sus miradas. Otros días la mujer, ésa u otra pues las hay a cientos en cualquier ciudad, buscarán con sus gestos obscenos atraer las miradas infantiles (“de vuestra misma edad”, insisten los tres jefes) y hacerles pecar, pues está claro que en sus mentes la semilla del mal germinará con el tiempo y dará su maldito fruto de mal. Pero en ese momento se aproxima directamente al coche un congregante (“como nosotros”, concretan los tres jefes) y dirigiéndose a la mujer le dice que acabe inmediatamente con aquello, que piense en sus propios hijos y sobre todo en su madre y en las madres de todos esos niños que han traído al mundo para gloria de Dios y no para ser pasto del demonio. La mujer, avergonzada y llorosa por las palabras del congregante, poco tardaría en confiarse a un sacerdote y encontrar el perdón y la orientación de una nueva vida.

 

En el metro de París van muchos niños camino del colegio. Inopinadamente, un joven y una joven (“de nuestra edad, más o menos”, aclaran los tres jefes) comienzan a desnudarse, a la vista de todos. Desnudos ya, comienzan a besarse y a tocarse. En pocos minutos están copulando en el suelo del vagón. Sus lascivos movimientos y las palabras que los acompañan mantienen a los niños paralizados de horror. Entonces un congregante se acerca a la pareja y con su propio abrigo cubre sus cuerpos al tiempo que les ruega dejen aquello. Si ellos quieren condenarse, no lleven consigo a esos niños cuyas miradas pueden recordarles las suyas propias cuando eran pequeños. ¿Recuerdan cómo era su vida entonces, limpia y resplandeciente a los ojos del mundo y de Dios? Sus madres que seguro que dedicaron sus mejores afanes a su cuidado y educación, si conocieran sus malos pasos de ahora, ¡cómo llorarían! La pareja enrojece a las palabras del congregante, se cubre con sus ropas y se recluye en un rincón. No pasaría mucho tiempo antes de que uno y otro encontraran la guía de un sacerdote. Casarían cristianamente y darían hijos, muchos hijos a Dios.

 

Pasaron los días de aquel campamento. El hermano pequeño no había dicho en ningún momento nada que dejase ver cuáles eran sus pensamientos. Al congregante le hubiese gustado mucho preguntarle directamente pero, como en tantas otras ocasiones, no se atrevió. Había algo en su hermano que le imponía. Nunca pudo olvidar su reacción cuando él le rompió aquel coche. Tendría entonces cinco años y él diez. Estaba enfermo el pequeño, y un tío suyo le regaló aquel coche que andaba solo: girabas el volante y cambiaba de dirección. Aprovechando que se había quedado dormido, cogió el juguete y lo destripó. Dio como excusa su deseo de ver cómo funcionaba. No se atrevió ni a pedirle personalmente perdón. Escuchó a su madre pedírselo de su parte al niño y a éste responder muy tranquilamente: ¡Pobre! ¡Lo que le hubiera gustado que se lo regalasen a él!

 

Aquellas navidades el congregante ayudó a su padre más de lo de costumbre a preparar los regalos de los Reyes Magos. Y la noche de Reyes, al poner los montoncitos, en el del pequeño puso un poco de carbón de azúcar con una nota en la que escribió: Esto es por tu suspenso en Geografía. Por la mañana, el pequeño vio sus regalos, vio el carbón y la nota y no dijo absolutamente nada ni de lo uno ni de lo otro, pero el congregante vio cómo guardaba la nota en una cajita, en la que seguramente guardaría otros secretos. En cuanto pudo cogió la cajita, ávido de todo aquello que guardaba con tanto celo el otro. Dentro no había más que un papel doblado en el que al desdoblarlo leyó: ¿Por qué me has hecho eso? ¡Qué desgraciado tienes que ser!

 

Para no dejar ver que sabía nada del asunto, decidió comportarse con su hermano como lo había hecho hasta entonces, es decir, inmiscuyéndose en todo lo que hacía. Incluso acrecentó su celo censor. En los años siguientes, cada vez que veía a su hermano pequeño leyendo algún libro se acercaba y quitándoselo de las manos le preguntaba: ¿Qué estás leyendo? ¡Esto no es lectura para tu edad! Así requisó varias obras cuya lectura, pues se atrevió a leerlos, le impresionó. Nunca supuso que aquellos autores escribieran tales cosas. En el colegio habían dicho que no eran en absoluto autores recomendables ni siquiera para los adultos. Leyendo aquellos libros, y los que vinieron después, comenzó a perder la seguridad en muchas cosas. El caso es que no mucho después vivió su gran crisis de fe. De altares y escayolas sólo quedaban un montón de cenizas y un rechazo crónico de la purpurina.

 

Siguió, eso sí, buscando unos ojos como aquellos ojos a los que tanto había cantado en su adolescencia y primera juventud, lo que le hizo enamoradizo e inseguro. Siguió mirando de reojo a su hermano pequeño, al resto de sus hermanos y en general a todo el mundo. Muchas fotografías guardan impresa esa mirada empequeñecida por la, inseguridad, la envidia y la desconfianza.

 

A raíz de su segundo divorcio, en la mudanza encontró entre sus cosas aquel pequeño libro de mitología en cuyas tapas algunas sirenas lucían sus pechos al aire. ¿Qué pensaría su hermano pequeño de él? Tuvo el impulso de llamarle inmediatamente por teléfono, pero lo dejó.