NOSOTROS. CAPÍTULO 4. VIDA CONTINÚA

PIRANIESI 4

También habrá tardes hermosas cuando tú hayas muerto: esa idea, sobrevenida en medio de tinieblas y dolores, le alcanzó en algún punto muy exacto de su anatomía sentimental y le hirió y le dolió y le hizo sentirse muy mal en la vida ya expulsado de ella fuera de la constancia concreta de ser un ser concreto en una circunstancia concreta. Era más bien un algo sin apoyo en nada un movimiento sin efectos un muerto que veía cómo los vivos seguían viviendo sus vidas absolutamente al margen de lo que era o había sido la suya.

De niño había sentido esa distancia esencial suya de todo los seres humanos y no humanos incluidos los montes y los ríos los mares y los cielos. En su cama, sometido su cuerpo a los dolores y a las flaquezas de una u otra enfermedad, sintió más bien vivió aquel brote de lucidez que le anonadada y le arojaba a un lugar incierto en el que ni vivía ni dejaba de vivir en el que lo único seguro era que su existencia no importaba nada para la existencia de los demás para el devenir del mundo para la consecución de ningún objetivo que tuviera por sujeto a un ser que no fuera él mismo. Estaba completamente aislado de la vida en un limbo flotante que a nadie, ni siquiera fueran padres o hermanos o amigos más amigos, importaba nadie se detenía un segundo a recordarlo ni a echarle en falta ni mucho menos a relacionar una de sus acciones propias con el hecho de que él hubiera vivido ni estuviera viviendo en esos momentos. Las tardes serían hermosas los pasteles entregarían su tesoro las aves migrarían se publicarían nuevos libros y tebeos jugarían los niños y las niñas en los patios de recreo y las aulas olerían a ésa mezcla de tiza sudor pintura y serrín cada tarde lluviosa de invierno y él no estaría ni su no estar impediría que sucediese todo aquello y llegarían las noches y nada en el rodar del mundo dependería de su existencia. Podía verlo.
En esa celda de la comisaría también sentía muy vivamente su exclusión de las rutinas de la vida el movimiento ajeno a él la fábrica continua de los magníficos colores de las tardes sin su concurso ni su expectación ni su disfrute. Allí también estaba ya muerto.

Los polis le habían repetido insistentemente que nadie le echaría de menos que nadie se interesaría por su paradero que nadie movería un dedo para enterarse de qué hacía ni dónde que su vida les pertenecía por completo y que estaba completamente a su merced pero ellos no sabían que para él esa certidumbre ya era una vieja conocida con la que había experimentado hasta el terror hasta el vacío hasta la satisfacción de quién sabe qué loco deseo y por eso ya podían repetirle la mandanga esa que sus palabras esas palabras no tenían ningún poder sobre sus pensamientos ni sus sentimientos. Era más libre de lo que pudieran imaginar desde su torpe y obscena representación del poder la violencia el placer de humillar o el deseo irrefrenable de hace daño y destruir a un sujeto. En verdad eran tontos del culo esos policías, creían sus propias patrañas y fantasías con ellas no le harían caer en las trampas en la trampa