SOLAS CON SU CONCIENCIA. FRAGMENTO

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“Aquella frase que se le escapó (por fin) durante una comida bien regada, en la que él llevó la conversación (una vez más) hacia el uso por su maldito difunto marido de las confidencias que se hicieron cuarenta años atrás en el ambiente más que amistoso que habían construido entre ambos.

– ¡No me lo puedo creer!

– Qué no puedes creer

– ¡Qué me hayas perdonado todo lo que te hice!

Aquella frase que resumía perfectamente lo que necesitaba saber de aquella mujer.

Aquella confesión que confirmaba lo que ya supo sin querer dar crédito a la despreciable acción de ella cuando aquel animal utilizó contra él esas confidencias en sus intentos de desprestigiarle ante el resto de la dirección del colegio en el que ambos trabajaban: que ella había traicionado su confianza y había sido cómplice de aquel cerdo que se aprovechaba de las circunstancias del colegio (terror a que un escándalo cerrara sus puertas) para violar sistemáticamente a sus alumnas, con el agravante de ser menores de edad.

¿Hasta qué punto no fue también ella cómplice, sabedora, disimuladora de la violación de su sobrina, que nunca superaría esa terrible experiencia? Como tío de Alicia, le resultó tremendamente asqueante la actitud del director cuando le contó lo que había hecho aquél con su sobrina: había que callar, por el bien de todo el profesorado había que callar; se jugaban muchos puestos de trabajo…

Cuando años atrás le habían comunicado la repentina muerte, a temprana edad, de aquel infame fue la única vez en su vida que había pensado y dicho que con esa muerte había quedado el mundo un poco más limpio.

Se había acercado a ella, cuarenta años después de su último encuentro, sólo para conseguir confirmar sus sospechas y le había costado dos meses escuchar esa frase reveladora.

Hizo como que no le diese importancia y, sentado frente a ella en esa mesa, mientras procuraba mantener una conversación intranscendente, comenzó a planear ya su retirada: esa relación era un tormento desde el primer día, desde el primer beso, y ahora se convertiría en una penitencia que debería cumplir por el pecado de haber querido saber más de lo que casi nadie puede soportar saber.

Cuando ella buscó su cuerpo él actuó como si nada se interpusiera entre los dos. Para su tranquilidad, nada en ese cuerpo ajado y deformado le atraía. Hubiera sido todo mucho más difícil si en sus entrañas hubiera saltado la chispa del deseo como saltó cuando a sus veinte años la tuvo entre sus brazos y probó el sabor de sus labios.

Los dos meses que sigueron se dio cuenta de que cuanto hacía o no hacía con ella no era sino una cruel venganza. Y eso tampoco le hizo feliz.”

(Del folletín “Solas ante su conciencia”)