ACADEMIA (I: AFILAN PUÑALES)

ACADEMIA (I: AFILAN PUÑALES)

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Hay mañanas que desearíamos que no hubieran existido. Aunque hiciera buen tiempo y todo pareciera indicar que se cumplía una gran ilusión. O precisamente por eso. Pasarán los años y sabremos que aquella mañana fue la primera de una serie interminable de mañanas producto de una decisión equivocada. La mañana del cuatro de abril de mil novecientos setenta fue para Antonio una de esas inolvidables mañanas. Una mañana fatal.

Pero aún no sabemos hasta qué punto lo fue para Antonio. Todavía no lo sabe ni él.

1

Acudió a esa fiesta escolar por puro no tener nada mejor que hacer que observar a unos niños haciendo sus gracias. La profesora de los niños era su amiga o, más precisamente, la mujer de su amigo, un amigo reciente con quien quería estrechar su amistad, así que ahí estaba, viendo el ir y venir alborotado de las criaturas en el escenario, cuando llegó su amigo y se sentó a su lado. Intercambiaron en silencio varias miradas hasta que ambos pensaron que ya se lo habían dicho todo sobre el espectáculo. Cuando acabó aquello, aplaudieron, su amigo incluso gritó un alegre ¡Bravo! que reanimó los aplausos, salieron de la sala, encendieron sus cigarrillos y entretuvieron la espera comentando cualquier cosa. Todo menos esperar callados uno junto al otro y, por supuesto, comentar lo que acababan de ver, ambos se sintieron elegantes evitando el asunto y, al fin y al cabo, tenían muchas otras cosas mucho más interesantes de qué hablar.

Precisamente su amistad había nacido al darse cuenta de lo mucho que les interesaba lo que se decían sobre muchas cosas. Antonio era bastante más joven que su amigo y, no sólo por eso, pero por eso también, reconocía en él una superioridad que el otro aceptaba muy naturalmente, no sólo por saberse más sabio, también estaba la cuestión de la diferencia de edad, pero sobre todo por eso. En realidad, su amistad no nació lo que se dice muy naturalmente.

Manuel. Así se llamaba el nuevo amigo de Antonio. Aún no había confianza como para que Antonio le llamase Manolo ni Manolo, ya no Manuel, le llamase Toño, pronto llegarían esas familiaridades, de hombre a hombre, no se trata de otra cosa: nada más que lo acostumbrado entre manueles y antonios españoles que hacen amistad, esta historia no tiene mucho que ver con preferencias sexuales no, al menos, con las de Toño y Manolo y, sin embargo, siempre podrá decirse que en el fondo, en el fondo del fondo de todo lo que vino después, estuvo latente la historia de una pasión no correspondida: la de Antonio por Manuel. De hecho, como más adelante se verá, habrá quien hable en esos términos de su amistad.

Aquella mañana Toño tenía diez y ocho años y Manolo diez más, distancia más que suficiente como para que Manolo no viera en Toño sino a un joven de la edad de sus propios alumnos de la Academia, un joven principiante, por lo cual, precisamente, habría comenzado a frecuentar su trato: jóvenes como Toño era lo que necesitaban en la institución si querían renovarse, ponerse al día, enlazar con la nueva realidad, y sí querían, más que querer, tenían la necesidad imperiosa de hacerlo: estaban quedándose peligrosamente al margen. Así que la consigna era: ¡Sangre nueva para la Academia! La voz de Don Víctor, el director.

Por las venas de Toño, era evidente, corría sangre joven, a por él, pues. Don Víctor lo había formulado con diáfana claridad: O ustedes atraen nuevos profesores a la Academia o la Academia se nos va al garete, punto final, cierre, todo el mundo a la calle. No eran tiempos para dar saltos en el vacío, Manuel, por su parte, desde luego, se lo tomó muy en serio, MiMina, su mujer, también.

MiMina era Fermina en el Documento Nacional de Identidad, Mina para los amigos y MiMina en la intimidad. MiMina tiene unos ojos verdes capaces de acariciar como una lengua y de cortar como un estilete. ¡Ojo, pues, con Mina! Manuel amaba intensamente a esa mujer que le había sacado de una juventud oscura para lanzarlo a la luz.

Manuel, buen estudiante pero mal organizador de su vida, encontró en MiMina la mano que le guió, ella también había sido una excelente estudiante, pero además no había perdido ni un minuto de tiempo a la hora de buscar una salida profesional, su meta prioritaria en la vida era ser una persona económicamente independiente y antes de tener el título universitario ya estaba dando clases en aquella Academia en la que pronto entraría, de su mano, su entonces novio Manuel, su boda tuvo un preámbulo en la sala de profesores y en ella también ofrecieron un sencillo piscolabis (que algunos acabaron con mucha psicobilis) a la vuelta de su viaje de novios, Manuel y ella, titulados y casados, eran dos de las mejores jóvenes cabezas de un claustro que con ellos había dado un paso hacia la renovación, los años pasan y lo que fue renovado tenía que serlo una vez más, por ejemplo, con Antonio. Mina podía estar hablando mucho tiempo de seguido, así.

Antonio estudiaba Derecho y tenía veleidades artísticas, por eso conoció a Mina y a Manuel, que acudían a la tertulia literaria más antigua de la ciudad. Antonio llegó a la tertulia por sus propios pasos: eso pareció a todo el mundo un tanto a su favor, pese a que hubiera quien desconfiara, precisamente por eso, de sus intenciones: no eran tiempos para confiar en nadie, muy especialmente a Don Víctor eso le parecía, que también se dejaba caer por la tertulia muy de tanto en tanto, feliz coincidencia: Don Víctor estaba el día que Antonio eligió para ir por primera vez.

Don Víctor no solía dar a entender directamente su interés por nadie. Observaba y tomaba sus notas mentalmente, lo que vio y escuchó en Antonio le pareció excelente, así se lo hizo saber a Mina, en la que confiaba mucho más que en su marido para las tareas de captación. Pocos días después de aquel primer encuentro les hizo saber a los dos: por no herir innecesariamente susceptibilidades; apreciaba a Manuel, que tenían como nueva misión atraer a ese joven estudiante a la Academia ¡era urgente sustituir a más de un viejo profesor!

Ignorante de lo que se tramaba a sus juveniles espaldas, Antonio creyó que a Mina le habían gustado los versos que se atrevió a entregarles, Más de lo mismo de toda esa escritura adolescente, fue la rápida sentencia que Manuel dictó, ¡Pero qué esperabas! Hay que ser comprensivos con la juventud que empieza, él no lo era tanto, casi nada. Manuel había publicado un brevísimo texto sobre algunas partidas históricas de ajedrez, un comentario lleno de agudeza y erudición que Antonio leyó ávidamente, con la mano derecha moviendo las piezas en su tablero de bolsillo a medida que iba encontrando sentidos ocultos en aquellas posiciones, ocultos antes, al menos, para él, aquel librito de curioso título, “Contribución a la crítica de la economía ajedrecística, I. Crítica de la crítica teórica”, llamó tan poderosamente su atención que quiso saber enseguida si la segunda parte, o todas las partes que continuaran aquella primera, había sido ya concebida en la mente de su ya admirado Manuel.

El colmo de su dicha fue recibir, durante una tarde cargada de innumerables tazas de buen café, toda una demostración concreta de la crítica práctica a la que Manuel sometía a un puñado de partidas hasta entonces consideradas poco menos que inmejorables. A su alrededor bullían los jugadores de los futbolines y bailaban su silencioso ballet los jugadores de billar, junto a su mesa, en otras mesas, otras parejas concentraban su atención en ardientes tableros de ajedrez, pero en ningún rincón de aquel local había una voz como la de Manuel, grave y cadenciosa, que desgranara una tras otra certeras refutaciones a los movimientos de grandes figuras, es cierto que del estudio de las partidas de un joven norteamericano, Bobby Fischer, y de los propios comentarios de aquel ascendente genio del ajedrez, podían sacarse conclusiones muy similares a las que Manuel ofrecía, pero eso no quitaba nada a la solidez y clarividencia de su argumentación, cualquier aficionado valoraría muy positivamente una lección como la que, gratis et amore, recibía esa tarde de los propios labios de quien, fuera como fuera, sabía expresar especialmente bien lo que otros apenas balbuceaban.

A Manuel le costó cierto esfuerzo mantener esa tarde el nivel de sus argumentos y la cadencia obligada por la exactitud, pero estaba en juego no sólo su recién adquirido prestigio ante su joven amigo sino el éxito de su misión y recordar eso le molestaba: le hacía sentir en sus actos aparentemente gratuitos una impureza difícil de soslayar, ya sabía Don Víctor que al encomendarle, aunque fuera por no hacerle de menos, esa tarea estaba forzando el talante más bien retraído de Manuel, en cualquier caso, la tarde estuvo llena de buenos momentos y cuando Antonio le confesó emocionado su admiración por aquel movimiento de caballo aparentemente inútil, 11. Cb5!, de Bronstein en su partida tercera contra Keres en el Interzonal de Góteborg de 1955, aquella obra de arte, ambos supieron que algo importante les unía, y no sólo al tablero de ajedrez.

Mina no pudo sino sentirse asombrada por el entusiasmo que su marido puso en aquel acercamiento a un posible nuevo profesor. ¿Signo de los tiempos? Posiblemente Manuel comprendía, él mismo, por razones propias, la necesidad de conectar con gente de la siguiente generación, ella lo veía desde otro ángulo, como a ella le gustaba expresarlo: si tenía que entrar gente nueva, al menos que lo hicieran por medio de ella y de Manuel, eso les colocaría en un buen lugar ante futuras incidencias, que las habría, menuda era ella para calcular.

Y no lo decía porque fuera profesora de Cálculo, así, con ese título exacto y antiguo, eso de Matemáticas, Aritmética, Geometría, Álgebra…mucho mejor Cálculo, aunque no lo vieran así, desde luego no al principio, los demás profesores de la Academia. con que le pareciera bien a Don Víctor bastaba, y le parecía bien, en realidad, le importaba un pito, los ojos verdes de aquella mujer, eso, sus ojos cuando aún era todavía más joven, le decían que mejor darle la razón en todo lo que no fuera importante para tener así alguna fuerza cuando el asunto requiriera verdaderamente su atención, de modo que Profesora, ¡ah!: rectificación: con Pe mayúscula de …Profesora, de Cálculo, con C mayúscula de Culo, el culo de la joven Profesora también era un argumento, inconfesable: sobre todo por parte de Mina, tenerlo muy en cuenta, nunca se podía saber.

En la Academia no había con quien compartir su pasión por el Ajedrez, su pasión profunda, quién jugaba, quién no jugaba, en el despacho de Don Víctor, siempre un tablero con las piezas preparadas: pura decoración; trabajo para las mujeres de la limpieza: ¿o jugaban ellas?, pero ajedrez, lo que se dice ajedrez, nada de nada, una partida de ajedrez no es Ajedrez, Manuel se lo callaba, no era cuestión de molestar a nadie, ni mucho menos de significarse, bastante tenía con ser el Profesor de Filosofía. Lógica, mucha Lógica, otro tipo de Cálculo, otra historia del Cálculo, de Pitágoras para acá, choteos en los pasillos, entre dos cigarros. ¡Filosofía y Cálculo! ¡Vaya pareja de dos!

Manuel se alegró mucho: Antonio y el Ajedrez, ya eran tres. El chico se lo dijo un poco avergonzado, como si se refiriera a un trío amoroso…Lo digo por el Ajedrez, nosotros dos y el Ajedrez, Manuel, entonces, cayó en la cuenta de que Antonio había pensado que él podía pensar que se estuviese refiriendo a Mina: Antonio, Mina y Manuel, a la larga, sería ese otro trío el que sobreviviría, pero esa mañana no lo podían saber.

La mañana que, propiamente, se conocieron Antonio y él, cuando Manuel comenzó a llevar la conversación hacia el puerto al que quería que llegaran, era, ya se ha dicho, una mañana de primavera; más concretamente, una mañana de abril, el cuatro, era domingo, lo recuerdan ambos, ¡pues sí!.

Hacía ya meses que Don Víctor les había confiado la misión de atraer a ese muchacho a la Academia, hacer de él un profesor, miembro de su profesorado, savia nueva, Tú siempre serás sabia y siempre nueva, no lo digo por eso, en esta novela nadie hace ni dice las cosas por lo que parece a primera vista, se ha de tener en cuenta. Casi acababa de comenzar el curso. ¡Acababa de comenzar! ¿No puede decirlo con una expresión menos vulgar?, pero no hay que corregir a Mina, ya no: acaso se trate de una trampa de las suyas, caes cuando crees que vas a corregir. Tardó en llegar la ocasión, la cogieron por los pelos, como suele ocurrir. ¡Y eso que la pintan calva! ¿Por qué remacha MiMina ese clavo?, el ya había insinuado… ¿no era mejor dejarlo así?, pero no cae, tampoco en esa ocasión, en la trampa de corregir.

La película, como todas las de su director, interesantísima. ¿Y quién más te gusta a ti? ¿Ah, sí? ¿Y Godard? ¿Qué tal este y el otro, ¿y? ¿y? ¿y? Mina y su ametralladora!, Metralleta, le llamaban sus alumnas algo peor pero no estaba enterada, ya nos enteraremos, ¿o no?, en cualquier caso, al fin y al cabo, la ocasión, esa noche tomaron café juntos, ellos tres, sin el Ajedrez, aún no habían surgido tales confidencias.

Don Víctor tenía una visión de conjunto sobre el futuro y el pasado de la Academia: todos los detalles formaban parte de su panavisión, Don Víctor era panóptico por formación y por convicción, años al frente de la Academia, se decía que desde muy joven, le habían dejado un poso más brujo que los del café: podía ver lo que ya no existía y lo que aún no existía con la misma claridad con la que los demás, no todos, veían lo que estaba existiendo en ese momento y sólo en ese momento, Antonio era un ejemplo de su clarividencia, a él, siempre tan suyo, le gustaba más decir clarivisión, Lo de videncia es menos científico, lo mío no es cosa de brujería, etc.: Ese chico es profesor de la Academia antes de darse cuenta él mismo de que lo es, había, por eso mismo, que ir directamente a por él.

Antonio, mientras estudiaba segundo curso de Derecho se daba tiempo para ir pensando en qué invertiría más adelante el título, no tenía claro a qué derecho dedicar su vida, ni si hacerlo, realmente: todo el mundo tiene malos ratos a lo largo de la carrera, Penal, Mercantil, Administrativo, Laboral no: el padre de un amigo suyo actuaba en los tribunales de parte de la patronal, aquel mundo era un huevo podrido, cuestión de dinero, por supuesto, quienes defendían a obreros ni tenían ni tendrían nunca dinero, ¡No defiendas a esgarramantas o acabarás como ellos!, y el dinero es necesario para vivir, quienes tenemos un título…una carrera… Mientras estudiaba, no mucho, podía dedicarse a leer y a ir al cine: lo que le gustaba y al Ajedrez y a pasear por el parque y a la orilla del canal, de más joven tuvo una bicicleta, en su pueblo muchos hombres montaban y desmontaban bicicletasde camino a las huertas o de vuelta, en la ciudad ni pensarlo, daría vergüenza, niquiera dijo nunca a nadie que montase en bicicleta por su pueblo, ni siquiera dijo que sus padres vivían en un pueblo: ahí le dolía, vaya usted a saber por qué, no iremos, aún no.

En su curso tenía unos pocos amigos: Paco, del instituto y Andrés del Preu que lo hicieron juntos la segunda vez en una academia, nada que ver con la Academia, sólo han salido dos, tenía dos amigos y algunos más o menos amigos, con Paco, ahora, compartía piso, habían buscado un tercero pero no salía, una chica se ofreció, pero eso era demasiado…la chica tenía novia: Seremos cuatro, no tres, tenía razón, ¿quién?, los dos pensaron lo mismo. Su piso estaba cerca de la Facultad y lejos de casi todo lo demás, excepto de una tienda de ultramarinos muy bien surtida y de un bar con teléfono, era un piso barato, nuevo, limpio y barato, a sus padres les pareció muy bien, Dentro de la circunstancia…, la circunstancia era que, ya tan joven, su hijo viviera tan libremente con otro de su edad en un piso, al colegio mayor, ¡ni de coña!, no hacía falta hablar mal, para hacerse respetar por su padre tal vez sí.

Era un tostón estudiar Derecho, pero, si no, ¿qué?, hay está la pregunta y a sus padres nunca les confesaría sus dudas, tenía derecho a vivir su vida y a vivirla bien, su madre, por otra parte, como siempre, muy contenta con él, Secretario del Ayuntamiento…¡Registrador!, si su padre supiera. Paco hacía Medicina, ¡vaya una carrera también!, el hermano mayor de Paco estudió Peritos, perito mecánico, un taller, ¿cuándo tendría su propio taller? A Paco no le daba miedo la sangre, ¡nada de nada!, mejor para él. El Código Civil tampoco era como para tirar cohetes. ¿Sabes lo que te digo? ¡Que nos cambiamos y nos vamos a comer!

Ir a comer era comer fuera de casa, en un restaurante, por llamarlo así, la cosa estaba en el centro: iban putas entradas en años, La dueña es puta, te lo digo yo, barrenderos, ciegos de los cupones y estudiantes, grasa, humo, el telediario a todo meter. Empujones, Lo hace adrede, para rozarse el…. por ese precio, ¿qué iban a pedir? Después de comer, lo ahorrado, pero de lo gastado de más: en casa salía mucho más barato, pero así son las cuentas, era para las entradas de cine, a esas horas, cuando mejor, arte y ensayo del reestreno, ¡cine histórico, tú!
Paco tenía novia, ella no contaba para las cosas del piso (acudía, por supuesto, a follar con Paco), pero él desayunaba todas las mañanas con su novia en un bar del centro, ella pagaba, Mis padres no lo van a notar. ¡Robinhooda que es una! ¡Y yo el gran Yudini! Se escribe Houdini, en la Wikipedia cualquiera lo puede ver, pero Paco lo grita como si lo escribiese así, entre el momento de la Robinhooda y el momento del gran Yudini pasaban algunas horas a veces, afortunadamente pocas, algunos días, cada uno tenía sus razones para la interjección.

Antonio no, es decir, no a quien lanzársela, la interjección, no abiertamente: fantasías todo el mundo las tiene, también él, ¡ya quisiera!, por eso aquellos ojos verdes y el culo, tampoco para él un secreto, el culo aquel de Mina mientras tomaban un café después del cine, al irse a los lavabos se fijó, ya no podía más, luego iría también él, la noche que se encontraron como si se encontrasen por casualidad…No es que hubiesen ido a ese cine precisamente buscándolo, pero desde que lo vieron sentarse en su butaca con los otros dos, Pareja del otro, ¡te lo digo yo!, supieron que una ocasión como aquella, ¡De película!, sonrieron, no se daría fácilmente otra vez, a la salida, Mina bordó su abordaje, la pareja se esfumó enseguida, ¿un café?, Antonio se sintió muy alagado, alargaría esa sensación.

Lo del ajedrez no era ningún secreto, aquella noche, sin embargo, no hablaron de ajedrez, no hablaron de nada, de qué hablaban mientras escuchaban otras palabras, el murmullo escondido de cada cerebro poniendo sus ruedas a girar deprisa. Porque había prisa, ya escuchaste a Don Víctor, la Metralleta pisa el pie de su esposo por si le hace falta el acelerador, lo que falta es volante, carretera, por dónde demonios ir a la Academia, quedar a la puerta, mostrársela, Dile que hay un buen trabajo esperándole, Calla un poco y espera, ¡Pero si ya es hora!, ¡Nos va a oír! Antonio vuelve con las vueltas, en la barra parece que hay jaleo, ¿quién grita?, todo el mundo avizor, cuellos, ojos, flequillos, ¿quién dice lo que dice a voz en grito?, ¿quién sopla sobre las brasas, quién mueve el atizador? Es un borracho, ¡vámonos! No pasa nada, sólo es un borracho. Un grupo que lo rodea, un círculo de serrín bastante caucasiano a su alrededor. Los dueños el bar apagan las luces, la cosa se pone fea, huele mal este asunto, ¡fuera!¡fuera!, todo el mundo se agolpa y no hay manera de salir así. De pronto, la autoridad competente: ¡Que nadie se mueva! ¡No! ¡Dios!

Hacia casa comentan la jugada, el extraño espectáculo, la grandísima sorpresa: el borracho estaba pero que muy borracho, el borracho no era un confidente ni un provocador, el borracho se lanzó a la yugular del policía y se armó la que se armó. ¡Huyeron entre los palos! Aquel tío estaba rematadamente loco. Cuando lo abandonaron miraba sin creérselo, llamaba: ¡Ciudadanos! ¡Ciudadanos! Pedía socorro y todo el mundo salía pitando a la calle, todo el mundo y ellos también salieron como almas que lleva el diablo por que no se los llevaran los cuerpos y fuerzas de la seguridad del Estado, sólo por eso, nada más. ¡Ciudadanos! ¡Ciudadanos! ¡Ahí te quedas, hermano! El borracho, quedándose y dando palos, les había salvado de recibirlos. ¡Hay gente para todo! ¡Hay gente que ya no se aguanta! ¿Y qué tal aguantas tú la carrera de Derecho? ¡Vaya manera de meterse a saco! ¡Casi se nos olvida! Miradas, miradas. ¿Te interesaría un trabajo?

Las mañanas de primavera tienen su eco en las noches primaverales. Aquella noche fue la segunda bola de la carambola. Como es billar muy clásico, sólo quedaba una bola viuda en la mesa de billar.

Al día siguiente, Don Víctor brillaría como una pulida superficie de mármol, todo él, no sólo inteligencia sino memoria y voluntad, diría las palabras precisas y enarcaría las cejas en el gran momento, apagaría la voz para en un susurro hacer su propuesta, esa voz apagada, esa voz.

Lo celebró con Paco. ¡Qué poco sabían lo que celebraban!

2

Don Víctor leía lentamente el diario, que era Le Monde y estaba en francés. Las noticias del mundo en francés con más noticias y más del mundo que, por ejemplo, con el Diario, el Le Monde la sección de Local es de París, París de la France, le monde vraiement!, así que las mañanas, a ratos sueltos, ¡Aquí no hay manera de que te dejen ni media hora en paz!, Don Víctor el panóptico se sube a su atalaya de papel y otea el horizonte buscando las señales, los signos de los tiempos que diría un Papa, lo diría él también pero no quiere dar lugar a equívocos: una cosa es camuflarse convenientemente y otra dar a entender…

¿Da su permiso? Don Víctor no lo da pero Matilde se permite a sí misma entrar en el despacho, recoger los papeles de la mesa, de la mesa de él, de su mesa de director, los papeles que sólo él podría y debería recoger, Matilde lleva ya muchos años recogiendo sus papeles, recogiendo en general sus cosas, entrando en el despacho con y sin su permiso, entrando y saliendo en general de la vida de Don Víctor porque así es ella y por que así es él, porque saben los dos que así quieren que sea, que así está bien o que si no está bien a ellos se lo parece, muchos años Don Víctor y Matilde, mucha vida desde que comenzaron a verse y no verse, a quererse pese a las circunstancias, dos circunstancias con nombres y apellidos, el marido de ella y la mujer de él, muchos años haciendo cada día como que no saben que todo el mundo en La Academia sabe que llevan muchos años liados y requeteliados, Don Víctor por encima de su Le Monde ha visto el botón de la blusa de Matilde, su botón, el botón que Matilde le dedica en todas sus blusas, el botón desabotonado solamente para él, su botón secreto, lo ha visto y ha medido con su mirada la distancia entre sus pechos, ha olido sin oler, a sentido la suavidad suavísima de su piel y se ha dado cuenta, una vez más, que la vida su vida es un entrar y salir por aquel botón suelto, un enfondarse hasta el mismísimo fondo de aquella distancia en la que hace muchos años encontró su medida, su identidad.

¿Vendrá Matilde a sentarse a su lado también esta mañana?, ¿cerrará sus ojos lentamente y le ofrecerá el pecho, los pechos, su perfume sutil?, ¿tendrán su momento, su instante luminoso, su temblor, su deseo a flor de piel? Matilde se ha sentado, le mira, no cierra sus ojos, los mantiene muy abiertos, le mira fijamente.

A él. Que sabe qué hacer. Inicia un acercamiento y entonces ella dice lo que siempre ha temido que le dijera un día: Víctor, lo nuestro no puede ser. ¿Lo ha dicho? La primera vez que una chica le dijo algo parecido, en su adolescencia, creyó morir de pena en unos segundos, caer al vacío, caer y caer, odió a esa chica desde aquel momento y la otra y a la otra, odió a todas las chicas que decían un día Victor, lo nuestro no puede ser, cuántas formas hay de decir ¡Ahí te pudras!, ¡con música y todo!, siglos y siglos en miles de lenguas, la misma frase asomando en la boca de una u otra mujer, millones de bocas diciendo sus noes, el universo entero devolviendo el eco del no y del no y del no de galaxia en galaxia con agujeros negros y estrellas nacientes, el bigbang cosmológico, gran explosión, el principio de todo, la raíz mismísima del mal, el pecado más grave, ¿qué paraísos no se perdieron por causa de los noes de una otra mujer? ¿Lo ha dicho Matilde? Los coros del Réquiem de Mozart apabullan sus oídos, inundan su cerebro de una melaza negra que se distribuye inmediatamente por sus venas, alcanza el corazón, intoxica por completo su cuerpo, el despacho, La Academia, la ciudad, el mundo, el día y la noche con todos sus astros, los coros de Mozart se deforman a espasmos, se ralentizan, empujan como las olas de un océano tóxico contra su glándula pineal, su epífisis, el techo del diencéfalo, los tubérculos cuadrigéminos craneales, toda la fosa pineal, sus células pinealocitos, el ganglio cervical superior, el núcleo supraquiasmático hipotalámico, toda la información lumínica convertida en secreción hormonal, melatoMina y serotoMina, la regulación de los ciclos de vigilia y sueño, el síndrome de diferencia de zonas horarias, el control del inicio de la pubertad, los ritmos circadianos, su poderoso antioxidante, la función de apoptosis de las posibles células cancerosas en el timo, pero también altas dosis de esta hormona tiene un efecto cancerígeno y el tercer ojo entonces se vuelve hacia dentro y ve y ve y ve y no le gusta nada lo que ve, la producción de esta hormona disminuye con la edad y eso está muy bien pero en el punto ge de Don Víctor las palabras de Matilde han producido un mal irreversible, un subidón de hormonas, un alud de melaza que intoxica, el comienzo de un cáncer que acabará con él, ya lo siente, las células normales se convierten en células cancerosas, un cambio una mutación en el ADN y esas células, su carga genética ha cambiado, mueren o son eliminadas en los ganglios linfáticos, pero otras veces, esta vez, siguen con vida y se reproducen, adquieren un aspecto diferente, incapaces ya de realizar las funciones que corresponden a las células pertenecientes a tal o cual tejido, se le multiplican muy rápidamente, les falta un mecanismo de control del crecimiento, células inmaduras que se multiplican muy rápidamente, no tienen tiempo para crecer antes de dividirse, se amontonan, presionan o bloquean otros órganos, les impiden realizar su trabajo, se extienden a otras zonas, son invasivas, emigrarn a otros lugares a través de la sangre o de la linfa, las células que se encargan de la defensa del organismo intentan destruirlas pero sobreviven producen nuevos crecimiento en lugars diferentes, metástasis, etcétera, todo eso ya lo siente Don Víctor en su cuerpo, una invasión de muerte que le inmoviliza y acaba con él.

Tenía trece años la primera vez. Lo sabemos porque Don Víctor lo sabe, lo recuerda, toda su vida lo ha estado recordando a través de los cuerpos de otras muchas muchachas que le han dicho que no, que no le han querido, que han desaparecido dejando su rastro como una babosa que comenzó su recorrido cuando a su tierna edad de trece años, antes incluso de unir amor y deseo, antes de descubrir los secretos a voces del sexo, antes incluso de saber que amar era ese amor por la niña de la casa de al lado, la que no quiso darle un beso, ni siquiera en la mejilla, que le ardía, que se hizo de hielo, se le congeló, la niña que besaba casi todos los días mientras no dijo nada, mientras no pidió un beso, entonces fue que no, se negó, salió corriendo, se lo dijo a sus padres, mil veces le preguntaron si tal o cual si esto y lo de más allá, trece años cumplidos y un beso de cumpleaños que la niña no le dio, se lo negó, se quedó sin regalo y desde aquella tarde Don Víctor que no era todavía Don Víctor, solo Víctor, para su abuela Victorín, Victoriano para su yayo, en cualquier caso aún no Don Víctor desde luego, desde aquella tarde del besonobesado padeció como un condenado cada vez que sus ojos se prendaban de alguna mujer y esperaba, esperaba, nunca les pedía un beso ni les daba ni les besaba ni nada de nada, ellas tendrían que pedírselo, suplicarle, darse por perdidas, entregarse a él, enamorarse peligrosamente, someterse, todas tendrían que buscar su boca pero él no lo haría, no, nunca más, y el niño y no tan niño y joven y adulto y Víctor mayor había sido besado sin Don y con Don, besado y más cosas, cosas todas maravillosas cosas del amor.

Pero aquella tarde, aquella niña, su beso no dado, su regalo nunca recibido, su capricho del momento, tanto tiempo esperado, rumiado, imaginado, tantas horas nocturnas ensoñado, aquel beso que no le dejó las mejillas heladas para toda la vida para toda su vida y otra vida que tuviese más. Así que Matilde sintió un temblor de aire frío alrededor de la cabeza de Don Víctor cuando se sentó junto a él y le dijo que aquella tarde no se podrían ver, lo dijo tan tranquila, no era la primera vez, ocurría que a veces o ella o él no podían dejar a un lado a sus familias, acudir al hotelito, ir al cine, soñar que no volvían a separarse nuca más, eso le dijo, que aquella tarde no podía ser, y al sentir esa repentina gélida cercanía de su cutis, iceberg a punto de romperle la quilla, ella misma se sintió un Titanic a punto de naufragar, alarma total, tragedia en la noche, ¡A los botes! ¡A los botes!, ¡pero qué botes ni qué hostias tenía Matilde preparado para esa emergencia!, ¡Socorro! ¡Eseoese! ¡A mí! ¡A mí!, la gelidez de la cabeza de Don Víctor, jeta escarchada, cabeza glacée, un Anapurna sobre su cabezo, cabezo cortado más allá de las nieblas, tempestades, nieves eternas, ¿qué habrá pasado para que su Víctor reaccione así?

La semana que viene… Pero él ya no la escucha, está en lo suyo, un pitido de muerte tapa sus oídos: la semana que viene llega su aniversario, el suyo y de su mujer, su veinticinco y medio aniversario, su treintaysieteymedio, Luisa lo quiere celebrar, a Luisa le encanta celebrar lo que sea, ella es así, alegre y positiva, cuenta los minutos como cuenta un niño sus regalos de cumpleaños, todos son minutos de una vida feliz y Don Víctor entiende que Matilde le ha dicho que por su aniversario con Luisa, ¡y a él que le importa ese aniversario!, que por eso la semana que viene ha construido un muro con los siete días, de las lamentaciones, me meo en tu muro, de Berlín, ¡alto ahí!, Don Víctor tiene miedo de decirle nada, de añadir palabras a esa despedida, siempre lo temió, mejor callar, ¡con esa dignidad que le caracteriza! Y vuelve la cara y mira por la ventana unos muchachos corren calle abajo sorteando los charcos si resbalan se van a caer, todo se ha acabado, morirse de pena pues, las mañanas de lluvia son excelentes para funerales, sobre su féretro guirnaldas de flores con cintas ¡Te amé!¡Te amé! ¡Te amé!, sobre la madera el peso de la tierra, el silencio eterno y nada más.

Ha sonado un timbre: la hora convenida en toda la Academia para entrar en las clases, él también, sus clases son sagradas, no ha faltado nunca en toda su vida, una vida decente de docente que no falta a clase ni aunque sea con fiebre, ni aunque sea con deudas, ni aunque sea con noticias terribles de París o Madrid, ni aunque sea por muerte de un ser querido ni aunque sea por su propia muerte como esa mañana, ya lo escribirá en su diario secreto: este día, más o menos a las diez cuarenta y cinco, fallecí, desfallecí, volví a fallecer, me falló de nuevo el suelo bajo los pies, he dado mi clase como todos los días, dudo mucho que nadie me notara la más mínima emoción, fue un infierno que duró una hora pero lo resistí, sistí, resistí, requeterresistí con las dos erres bien puestas, sigo siendo todo un profesional, he contestado a preguntas difíciles, algunas retóricas, algunas capciosas, como si nada, estoy contento de mí mismo, muy contento, estoy hecho polvo, ¿por qué no me suicido de una vez?

Matilde ha salido por donde vino, Don Víctor ha cogido Le Monde, lo ha metido en su cartera de cuero y con ella cogida muy fuerte sale al pasillo hacia el aula, saluda cortésmente a un profesor idiota que no sabe nunca por qué contrató y ve asomar al fondo del pasillo a la Fiera, ese tipo agresivo, pendenciero, ese pedazo de animal con gafas al que apoyó en su día para que ocupase junto a él un puesto en la dirección de la Academia, maldito día, maldito apoyo, maldita elección, sonríe, le sonríe, aprendió a sonreír como quien hace el gesto de quitarse el sombrero, ya se sabe que nadie se lo va a quitar por hacer ese gesto, pues igual él con su sonrisa profesional, tiene que ver cómo deshacerse del maldito Animal, como echarlo fuera, como hacer que toda esa fuerza se le vuelva en contra y el tío reciba los golpes que pretende dar él, porque si no actúa pronto entonces será la Fiera la que acabe con él, entra en clase, le saludan muy educadamente, también él, comienza la tarea, hoy toca resolver un caso que se dejó sin resolver, a ver a quién se le ocurre una solución defendible, a ver quién tiene más imaginación, a ver pues, a ver.

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