LAUREL DE LA CÁRCEL DE TORERO. ZARAGOZA

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Ésta es una historia de un laurel que nació y murió en Zaragoza. En sus últimos años recibió atenciones especiales y suscitó polémicas públicas. Lo que sigue no es sino una parte de un todo mucho más amplio y todo él muy instructivo sobre la vida de nuestros árboles en la ciudad, la vivencia de muchas personas del vecindario, los esfuerzos de los profesionales arboricultories para hacer comprender su visión y sus actuaciones, la difícil situación desde la que se lucha con las palabras para intentar rescatar lo más aproximado a la verdad.

(Artículo de Javier Delgado Echeverría en la sección Opinión en Heraldo de Aragón el 10 de junio de 2015)
1. 11/6/2015. EL LAUREL DE LA CÁRCEL DIMITE

Ya está. Ya cayó al suelo. El laurel, cuyo certificado de muerte fue firmado hace ya más de dos años por el entonces Jefe del Área de Arboricultura del Servicio de Parques y Jardines (certificación que nadie quiso tomar en serio, “porque era imposible”) ha caído por tierra. Las evidencias, ahora, permiten demostrar el tiempo que llevaba sin vida y las razones de su muerte: la autopsia, de hacerse, no permitirá mantener más dudas (interesadas dudas).

El laurel, sobre el que se prefirió urdir una leyenda insostenible (su carácter centenario, su preexistencia a la construcción del edificio penitenciario, su cuidado “por los reclusos”…) antes que aceptar un estudio científico sobre su origen y su vida y su viabilidad en sus nuevas condiciones ambientales – tal y como merecía un ser sobre el que voceaba tanto afecto y respeto – y se prefirió hacer de él un arma arrojadiza contra el poder municipal (poder intrínsicamente malo al parecer de algunos notables vecinos) y elemento de siempre soliviantada “denuncia” y pieza para negociaciones absurdas.

Acaso la breve convivencia (poco más de la media docena de años) del vecindario con el laurel explica la falta de conocimientos y, en general, la frivolidad con la que se actuó en todo lo concerniente a su “reivindicación” como “símbolo” de la resistencia vecinal. En realidad, ha llegado a ser, y muy cabalmente, símbolo de la desorientación y de la desidia vecinal y de la forma interesada con la que con frecuencia algunos dirigentes ecologístas y vecinales y acometen tareas aparentemente “ecologistas, aparentemente “sentimentales”, aparentemente populares” en sus campañas “de sensibilización” y en sus reiteradas renuncias sobre el mal mantenimiento del arbolado urbano. Denuncias y campañas que podrían estar mejor orientadas y llevadas a cabo: nuestro arbolado urbano lo agradecería… y el conjunto de la población también.

Finalmente, sumido en el más absoluto de los olvidos (nunca fue olvidado en el interior de la cárcel, pero una vez en terreno del barrio salió del desconocimiento vecinal sólo por un breve espacio de tiempo), el laurel, inocente de todo cuanto se dijo y no se dijo sobre él, se hizo y se dejó de hacer tomándolo por excusa, ha caído por tierra. Destrozado, hecho pedazos de leña, puede entenderse (siguiendo el estilo de aquellas narraciones mágicas que se le adjudicaron) que ha dimitido de todas las tareas que se le quisieron artificiosamente asignar. Ha caído como un simple laurel vencido por su enfermedad, y se reúne con la tierra de la que surgió en su día como elegante producto de la Historia Natural.

Ahora sus restos, recogidos y custodiados por los samaritanos de siempre, podrán ser estudiados, si procede, para saber más sobre su vida y su muerte, lejos de aquel barullo místico-reivindicativo en el que se vio envuelto sin que una sola de sus bellas y útiles hojas dijera nunca que ahí estaban para ser utilizadas en nada más que en algún buen guiso. A lo más, para tejer una corona de victoria que, desgraciadamente, ninguno de sus más conspicuos defensores supo nunca ganar para su cabeza.

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2. 12/6/2015 LAUREL DE TORRERO, ÁRBOLES SINGULARES Y DESIDIA MUNICIPAL
(Texto mío en Facebook)

1. El “catálogo” recogido en el libro “ÁRBOLES SINGULARES DE ZARAGOZA” (2006)
Según la nota que un grupo de asociaciones ecologistas y vecinales ha remitido a los medios de comunicación, ha existido y existe “desidia municipal hacia el gran arbolado” de Zaragoza, y más concretamente hacia “las decenas de árboles que fueron catalogados como singulares en 2006″. Sin entrar ahora en otras cuestiones, cabe señalar que esa catalogación a la que se ha aludido reiteradamente en los últimos años se realizó sin ninguno de los requisitos científico-técnicos requeridos universalmente para tales tareas.

De hecho, la jefatura del Área de Arbolado del Servicio de Parques y Jardines nunca participó (ni podía hacerlo, tal como se planteó el procedimiento) y nunca reconoció tal catálogo, que se realizó al margen de este Servicio y bajo el paraguas de la Oficina Agenda 21 Local. Gabinete de Educación Ambiental del Ayuntamiento de Zaragoza, dirigido por Olga Conde, que a su vez dirigió la realización del catálogo e intervino en él también como redactora.

En ese catálogo, publicado en 2006 por el Ayuntamiento de Zaragoza y la colaboración de la CAI, se dice que hay una “Supervisión científica de fichas de especies, a nombre de Juan Pablo Martínez Roca, del Instituto Pirenáico de Ecología (CSIC)”, el cual ha reconocido que ni vio físicamente los ejemplares en cuestión ni recibió documentación concreta que avalara las afirmaciones – por ejemplo, sobre la edad de los árboles – que hacían quienes redactaron dicho Catálogo).
Un catálogo de árboles singulares que, por cierto, recoge cuatro ejemplares de Ailanto (fichas 48 a 51), especie, la del Ailanto, de la que ya en 2011 trató el BOE, en su «Real Decreto 1628/2011, de 14 de noviembre, por el que se regula el listado y catálogo español de especies exóticas invasoras.», haciéndose eco de la legislación vigente hacía años en Europa y EEUU al respecto, que desaconseja absolutamente su plantación y aconseja la tala de miles de ejemplares claramente dañinos.

Ciertamente, la dirección del proyecto consiguió posteriormente el aval municipal que hacía pasar tal catalogación por un documento “oficial” del Ayuntamiento de Zaragoza, que aparecería comprometido así en la conservación, etc., de los árboles catalogados. Con el pequeño detalle de que el Área profesional del Ayuntamiento de Zaragoza dedicada a tales fines, ya se ha dicho, nunca colaboró, ni reconoció ni se hizo cargo oficialmente de lo que se hubiera establecido fuera de su ámbito de trabajo. Lo cual explica muchas cosas que nunca se han querido dar por explicadas. Dicho rápidamente, que se trata de una catalogación sin ninguna fiablilidad científico-técnica, producto, eso sí, del afán altruista de un grupo de personas (alguna con titulación académica valiosa, aunque de ninguna se difunden su perfil profesional) amantes del arbolado y entregadas a la educación medioambiental. Seguramente se llama “desidia municipal” a la actitud profesional de esos biólogos arboricultores funcionarios del Ayuntamiento que no han reconocido entidad al “catálogo” y que han actuado respecto a esos árboles (y a muchos más) según sus propios criterios profesionales.

La nota publicada “critica que se hayan dejado perder decenas de árboles que fueron catalogados como singulares en 2006″. “Se hayan dejado perder” es una expresión que remite a una voluntad municipal de “dejar perderse” unas docenas de árboles, sin tener en cuenta qué se hizo en cada caso y las razones por las que finalmente algunos de esos árboles murieron… pese a lo que se hizo oficialmente para mantenerlos en vida. Redactada así no es sino una falacia que utiliza unas muertes como arma arrojadiza.

2. EL LAUREL DE TORRERO, SU MUERTE, SUS RESTOS: DESIDIA DE QUIÉN
En la citada nota, sus firmantes recuerdan que el laurel tenía una altura de 17 metros y «constituía un patrimonio no solo natural, cultural, histórico, sino también emocional» por haber crecido en el patio de la antigua cárcel”. Y añaden: “De hecho, cuando se constató su muerte hace tres año se propuso que el tronco se convirtiera en una escultura para preservar el recuerdo”. Sobre la primera frase mejor no decir aquí nada más.

Sobre la segunda afirmación (“se propuso que el tronco se convirtiera en una escultura para preservar el recuerdo”) conviene recordar que además de esa propuesta esos mismos colectivos, y otros, hicieron muy diversas propuestas a lo largo de varios meses. Y – esto es muy importante – desde que hace unos dos años la Jefatura del Área de Arbolado (a cuyo frente ya estaba otra persona) remitió por escrito a la Junta de Distrito de Torrero la petición de recogida de sugerencias vecinales sobre qué destino darles a los restos del laurel ya difunto, ninguna respuesta se recibió, por parte de nadie, en las oficinas de Parques y Jardines (Servicio que tiene la obligación oficial de encargarse de tales cuestiones).

Esto no se dice en la nota, quizás por desinformación de sus firmantes sobre aquel trámite oficial necesario, quizás por desidia propia a la hora de responder con propuestas concretas a la petición oficial. Durante dos años, repito, nadie se dirigió al Servicio municipal del que surgió la petición. ¿Dónde consta oficialmente que se propusiera, por quiénes, cuándo, ante qué instancias, “que el tronco se convirtiera en una escultura para preservar el recuerdo”? Quién o quiénes (de entre sus firmantes) han estado al tanto durante estos dos últimos años de qué se hacía o no se hacía con el laurel muerto, expuesto penosamente a la vista en el lugar de su defunción, sin que ninguno de los indignados firmantes de ahora dijera nada sobre eso?
¿Pueden exhibir algún tipo de documento que demuestre su preocupación, durante estos dos últimos años, sobre la situación del laurel muerto y el destino que pudiera dársele a sus restos? ¿En las actas de reuniones de alguna de sus asociaciones vecinales u organizaciones ecologistas? ¿En las actas de la Junta de Distrito de Torrero? ¿En el registro del Servicio de Parques y Jardines? Y sin llegar a tanto, ¿pueden dar noticia de alguna gestión personal o colectiva al respecto?
La memoria sobre los acontecimientos debe documentarse para no caer en narraciones interesadamente mitológicas e interesadamente políticas.

No soy “el defensor” de la política de Parques y Jardines de Zaragoza ni de las actuaciones de cada uno de sus funcionarios. He publicado suficientes críticas a muchas de sus actuaciones como para intentar (como se hace a veces) hacerme pasar por eso. Lo que sí soy es un ciudadano independiente que procura informarse sin prejuicios e informar sin censura de lo que me importa. Y en el caso del arbolado público de Zaragoza, de sus “árboles singulares” y del Laurel de Torrero tengo la convicción moral y la prueba documental (incluidas las que se recogen de las reuniones de la Agenda 21 en las que se trataron los asuntos del laurel y de los “árboles singulares”, en las que participé) de que hay personas en esta ciudad muy dedicadas a enturbiar las aguas de la conciencia ecologista de forma que no se puedan ver claramente las acciones de cada cual, las responsabilidades de cada cual.

Los ecologistas denuncian la desidia con el gran arbolado
ZARAGOZA. La caída el pasado lunes del simbólico laurel de Torrero ha sido la gota que ha colmado el vaso de decenas de colectivos sociales y ecologistas que ayer hicieron pública una nota denunciando la desidia municipal…

12 jun. 2015
Heraldo de Aragón
C. P. B.
[pagina 14, media columna superior izquierda]
Los ecologistas denuncian la desidia con el gran arbolado
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ZARAGOZA. La caída el pasado lunes del simbólico laurel de Torrero ha sido la gota que ha colmado el vaso de decenas de colectivos sociales y ecologistas que ayer hicieron pública una nota denunciando la desidia municipal con el arbolado urbano. El texto –firmado entre otros por Ansar, Amigos de la Tierra Aragón, Ecologistas en Acción, Voluntarríos o las entidades vecinales de Oliver, Torrero, La Paz y La Magdalena– critica que se hayan dejado perder decenas de árboles que fueron catalogados como singulares en 2006.
Recuerdan que el laurel tenía una altura de 17 metros y «constituía un patrimonio no solo natural, cultural, histórico, sino también emocional» por haber crecido en el patio de la antigua cárcel. De hecho, cuando se constató su muerte hace tres año se propuso que el tronco se convirtiera en una escultura para preservar el recuerdo. Los ecologistas solicitan a la próxima corporación municipal un plan de protección y conservación del arbolado singular de la ciudad, con medidas de supervisión biológico y fitosanitaria si fueran necesarias.

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3. octubre 2014. EL LAUREL DE TORRERO Y SU LEYENDA: AMPLIACIÓN, 2

(Texto en Facebook)

En estos textos, que iré publicando sucesivamente y por separado en este blog, intentaré aclarar algunos detalles de lo que publiqué el pasado día 26 de octubre en Heraldo sobre la historia y situación actual de nuestro querido laurel de la cárcel.

En este segundo artículo abordo dos asuntos: la edad actual del laurel y quiénes lo cuidaron mientras estuvo en la cárcel.

1.- La edad posible del laurel de la cárcel

El anterior artículo acababa con el asunto del carácter “centenario” del laurel de la cárcel, que pongo en duda por las razones que expuse en ese primero: dónde estaba antes de la construcción de la cárcel y qué documentación avala su existencia previa. Por ahora nada parece documentar esa existencia previa, por lo que hay una fecha límite de la plantación del laurel en la cárcel: 1928, año de su inauguración. Pudo plantarse, evidentemente, un año antes, quizás, pero no mucho antes de 1928. Eso daría para el laurel, a fecha de hoy, año 2012, 84 años mínimo. Lo normal es que se plantara ya de algunos años: suele hacerse a los siete años de vida del árbol, de modo que podría tener unos noventa y uno, poco más.

Estos detalles, aunque nimios, interesan cuando se hace causa de un dato como el de “centenario” a la hora de defender la vida de un árbol (lo cual, por cierto, no es un dato fundamental para defenderlo). Según mis informaciones contrastadas, nunca se ha realizado ninguna prueba que demuestre la edad exacta ni aproximada del laurel de la cárcel, siendo lo de “centenario” una atribución hecha “a ojo”. Hay instrumentos para medir la edad de un árbol, pero nunca se han empleado para medir la de éste. Una persona, biólogo profesional con ciertos cargos de responsabilidad en la DGA, al preguntarle sobre el particular me contestó que “los autores del libro “Árboles singulares de Zaragoza le habían dicho…”. De modo que él mismo, posteriormente autor de un buen libro sobre árboles de Zaragoza, se apenaba de “haber dado por bueno lo que le dijeron” y haber escrito él también que ese laurel era “centenario”. Escribo esto aquí porque me parece un ejemplo de malas prácticas: unos deciden a ojo la edad de un árbol y otros lo dan por bueno y lo difunden bajo su responsabilidad profesional. ¡Y encima no hacía falta par nada ese dato incierto de árbol “centenario” para defender con todas la fuerzas la permanencia del laurel de la cárcel en el lugar en que estaba cuando la cárcel se demolió! Bastaba con sus características, su porte, etc.

A esto ha de añadirse que otra autoridad, en este caso política, de ámbito regional, llegó a poner por escrito (en su día toda la documentación al respecto saldrá publicada convenientemente) que nuestro laurel era “único en España”, afirmación a todas luces incierta y fácilmente rebatible. ¡Tampoco hacía falta escribir una extravagancia como esa para defender la vida del laurel!

La edad de nuestro laurel la sabremos sin ninguna duda cuando se le haga la “autopsia” después de muerto. Tengo entendido que no se emplea ahora mismo ningún instrumento medidor de la misma por no afectar a un árbol que ya está en grave peligro y porque se estima muy cercana su muerte, cuando esa medición ya no podrá perjudicarle. Esperemos, pues. Y si resulta finalmente que nuestro laurel tiene cien o más años seré el primero en desdecirme y en investigar de nuevo de dónde pudo salir ese ejemplar que hubo de ser plantado en la cárcel cuando tenía ya 12 años o más. De hecho, ya estoy en contacto con los archiveros del Ministerio del Interior, del Ministerio de Justicia y del Patronato de la Merced para ver si en sus archivos aparece algo relativo a las plantaciones primeras que se hicieron en la cárcel de Torrero o, por lo meno, documentación sobre cuándo comenzó a haber personal al cuidado de las plantas de esa cárcel. Ahora explicaré por qué.

2.- A quiénes correspondía el cuidado de las plantas de la cárcel de Torrero (y de toda España).

Se difundió la noticia, creo que con la mejor intención, de que “los propios presos cuidaban el laurel de la cárcel”. Lo cual es una verdad a medias y dificulta comprender cómo se organizaba en las cárceles españolas (por no entrar en las de otros países, donde el asunto es muy similar) el cuidado de diversos elementos de esas cárceles: desde el economato a la barbería, pasando por la leñera, las duchas, la albañilería… y la jardinería.
Concretamente, en la cárcel provincial de Zaragoza (la cárcel de Torrero) existían 24 “Oficinas” reguladas por la “Orden de regulación de la organización y funcionamiento de Talleres”. Lo sabemos por un largo documento de 1952 conservado en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza (A-5673/3). (Actualmente se están buscando documentos similares de otros años, que deben existir custodiados en los archivos que he mencionado en el último párrafo del punto 1).
En esa Orden se detallan los 29 Talleres en los que se distribuían las tareas de mantenimiento de la cárcel de Torrero:
Carpintería y tabla, tallista, barbería, cocina, almacén leña, panadería, electricidad, grabador, encuadernador, zapatería, duchas y calderas, cocina de enfermería, quirófano, lavaderos, costura, albañilería, desinfección, taller mecánico, botiquín, jardinería, pintura, blanqueros, economato, almacén viveros, oficina de alimentación, depósito de cianuro, depósito de ácido sulfúrico, oficinas de régimen.
Y en esa Orden se especifican las funciones y tareas de los funcionarios (de la cárcel) a cargo de cada uno de esos talleres, los requisitos de los reclusos que trabajan en ellos, las tareas que se pueden realizar y los controles diarios que deben hacerse del uso de las herramientas de cada taller.
En el caso del taller de Jardinería, ese año 1952 las herramientas de ese taller eran las siguientes: “una azada, un rastrillo, una hoz, una azada pequeña y una tijera de podar.”
Cada día el funcionario encargado de ese taller (como los encargados de los otros talleres) debía hacer lo siguiente:
. vigilar el taller, las herramientas, los reclusos y los trabajos.
. abrir el taller y cerrarlo, haciendo recuento de herramientas y reclusos.
. cachear a los reclusos a su entrada y a su vuelta al taller.
. prohibir la entrada en taller a los reclusos no nombrados para trabajar en los mismos.
. vigilar la limpieza y el orden en los talleres, las riñas y disputas entre reclusos “por cuanto por tener a mano elementos peligrosos pudieran producirse incidentes de gravedad”.
. no permitir trabajos ajenos a las necesidades de la cárcel y autorizadas por su Director.
. prohibir trabajos fuera de los talleres indicados.
. recoger materiales sobrantes peligrosos.
. pesquisa minuciosa del local, para que no se produzcan fugas ni ocultaciones.

Cada día el taller se abría y cerraba dos veces, por la mañana y por la tarde y cada vez que se abría o cerraba se hacía recuento de las herramientas y de los reclusos, se les cacheaba, etc. Concretamente a las 09 de la mañana se hacía el primer recuento y a las 18,30 de la tarde el último. Tres funcionarios: el Encargado del Taller, el Jefe de Servicio y el Director de la cárcel firmaban la comprobación de que todo estaba en orden. Así todos los días, cuatro veces: primera apertura del taller, primer cierre; segunda apertura del taller, último cierre. De todo eso quedaba constancia escrita diariamente y hoy podemos consultarla en los archivos pertinentes.

De lo expuesto se deduce que sea quien sea que haya difundido la frase “El laurel de la cárcel de Torrero lo cuidaban los presos” no comprendía el verdadero funcionamiento interno de las tareas en una cárcel ni se planteó indagar sobre el particular. Del mismo modo, si alguien escuchó de algún antiguo recluso de esta cárcel la frase “El laurel lo cuidaba yo”, no reparó en qué circunstancias lo hacía el recluso, sino que dio por bueno, al parecer, que ese recluso u otros lo hacían por propia voluntad, por ganas de cuidarlo, por amor al arte…sin preguntarle por esas circunstancias, que le hubieran aclarado todo.
Lo cierto es que los reclusos de la cárcel (de cualquier cárcel española, insisto) podían presentarse como candidatos a realizar alguna tarea en alguno de los talleres que había en ella. Su caso se estudiaba: antecedentes, conocimientos, disciplina interior, etc. Una vez admitido, el Patronato de la Merced registraba su entrada en las tareas de tal o cual taller a fin de que su trabajo en el sirviera para lo que se planteaba, es decir, para la llamada “redención de penas por el trabajo”. De manera que las horas de trabajo del recluso en cuestión, registradas oficialmente cada día por el jefe del Negociado de Redención de Penas de la Cárcel, daban una suma diaria y una suma total de días que se le descontarían de su condena: es decir, si tenía que estar en la cárcel 10 años y había trabajado tantas o cuantas horas, se le descontarían tantos días de condena y saldría (si no incurría en “faltas” que invalidasen ese descuento) antes a la calle. Resumiendo: los reclusos que cuidaban el laurel, sometidos a la autoridad de la cárcel, etc., y sin facultades para realizar tareas “voluntarias” aparte de las fijadas por el Encargado del taller, lo hacían para “redención de pena” como forma de quitarse unos días (que podían ser cientos) de condena. No se trataba, pues, de lo que parece querer decir una frase como “los mismos presos cuidaban el laurel”. Esos reclusos tenían que cuidar todas las plantas de la cárcel (sitas en patios – pocas – y en los jardines de las casas del Director, Subdirector y Administrador: por cierto, aún existe, en malas condiciones, el jardín de la casa del Subdirector de la cárcel de Torrero), sujetos a la disciplina que he intentado dejar clara, así como por razones que también he intentado aclarar.

Aparte de lo explicado (insisto, comprobable documentalmente en diversos archivos), había ocasiones en las que las autoridades de la cárcel solicitaban ayuda externa. Se trataba de tareas que evidencian, precisamente, los límites de las posibilidades de trabajo de los reclusos encargados de las plantas. Por ejemplo, la poda de ramas del laurel que por superar el muro exterior del patio de la Enfermería (en el que se encontraba, junto a otras plantas) pudieran dar la posibilidad de trepar por el tronco, avanzar por una de esas ramas y dejarse caer al otro lado del muro para evadirse. En alguna ocasión, (sabemos seguro que a partir de los años ochenta del pasado siglo), profesionales de Parques y Jardines eran reclamados oficialmente para esa tarea. La dirección de la cárcel, por otra parte, reclamaba oficialmente de la dirección de Instituciones Penitenciarias o de alguno de sus Servicios ayudas concretas o permisos para la realización de tales o cuales tareas en el edificio y sus dependencias. Todo en la vida carcelaria, incluido el trabajo de todos sus oficiales, jefes, etc., estaba regido por unas normas legales y burocráticas, hasta el más mínimo detalle. Lo cual cualquiera puede comprender (le guste o no la existencia de las cárceles, los hospitales, los cuarteles, los parques de bomberos, etc.).

En el siguiente artículo escribiré sobre el proceso que siguió la salud del laurel una vez demolida la cárcel de Torrero.
En realidad, después de la explicación magistral que el Jefe del Área de Arboricultura del Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Zaragoza, Luis Moreno Soriano, hizo ante la Comisión de Biodiversidad el pasado viernes 16 de noviembre a nadie pueden quedarle dudas al respecto. Y en esa reunión había representantes de asociaciones ecologistas, vecinales (Javier grasa por Venecia, por ejemplo), profesionales… que a estas alturas ya han tenido tiempo de trasladar a sus representados esas explicaciones concretas y exactas que se nos dieron (algunas de las cuales sorprendieron, por ser desconocidas por los presentes, que en su absoluta mayoría nunca habían preguntado directa ni oficialmente sobre el particular al Área de Arboricultura). Pese a todo, y para cumplir totalmente con esta “Ampliación” del artículo que publiqué en Heraldo titulado “El laurel de Torrero y su leyenda” el viernes 26 de octubre, intentaré resumir las noticias y argumentos principales de aquella magnífica intervención.

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4. 26/10/2014 El laurel de Torrero y su leyenda
(Artículo de Opinión en Heraldo de Aragón. 26 de octubre de 2014)

Ha vuelto a los medios de comunicación la preocupación por la salud del laurel de Torrero. No es un árbol cualquiera: el cariño del vecindario y, en general, de la ciudadanía con cierta conciencia ecologista o cívica, lo salvó en su día y ha hecho de él un símbolo. Pero acaso la emoción ha superado a la razón y las leyendas han ocultado una realidad suficientemente importante y merecedora de atención sin necesidad de ellas.

Han ido difundiéndose varias leyendas sobre su pasado. Primera: “El laurel estaba allí antes de que se construyera la cárcel”. Ni las fotos aéreas, ni la bibliografía local, ni la documentación de Instituciones Penitenciarias constatan el dato. En el plano de M.A. Navarro: “Plano parcelario de Zaragoza”, de 1925, se lee, en zona cercana a donde se construiría la cárcel: “Viveros del Ayuntamiento”. Falta saber si era una intención o una realidad. ¿Se diseñó la cárcel cuidando de hacer un pequeño patio precisamente para ese supuesto laurel? En una construcción se despeja el terreno y se excava para la cimentación. Si entonces ya se hubiera tenido tal actitud hacia un laurel (que entonces sería jovencito), éste sería un país en el que raramente habría que seguir luchando por la preservación del arbolado urbano.

Segunda: “Es un laurel centenario”. Nadie ha dado nunca datos basados en las pruebas científicas por las que se conoce la edad de un árbol. La inauguración de la cárcel en 1928 sí nos da una fecha muy aproximada de cuándo pudo ser plantado: hoy tendría unos 84 años. Por cierto, no es casual que por esas fechas se plantasen bastantes laureles en la Academia General Militar (inaugurada también en 1928), en cuarteles y edificios oficiales de Zaragoza. Algunos permanecen.

Tercera: “Los presos se involucraban en su cuidado”. Instituciones Penitenciarias tenía una unidad de mantenimiento de la vegetación de las cárceles y no ponía en manos de presos los instrumentos (peligrosos) necesarios para la poda, etc. En la de Torrero había diversos patios, con algunas robinias (nunca rosales: sus tallos espinosos podían emplearse como arma), y pequeños jardines: en las casas del director y del subdirector, en la entrada antes del “rastrillo” y el de la enfermería, donde estaba el laurel. Con él había palmitos, setos de aligustre, un emparrado…. Se accedía con permiso especial y en horario ajustado, por lo que los presos no estaban allí mucho rato a la espera o tras la consulta. Yo mismo pasé por él cuando estuve preso en el otoño-invierno de 1975 por pertenecer al PCE. Eso, más el abrigo del muro de un pabellón y de dos altas tapias, que le evitaban el cierzo y la excesiva insolación, explicaba su inmejorable estado de conservación.

Tras el derribo de la cárcel, las fotos aéreas de principios de este siglo lo muestran aislado en medio de la nada, expuesto al cierzo y al sol. Por eso la nevada del 2005 y la ventolera del 2009 pudieron desgajarle una gran rama y afectar a otras, tras lo que quedó en muy peor estado. No hubo negligencia de Parques y Jardines: sencillamente, el laurel no era de propiedad municipal y ya no se favorecía de la ayuda inmediata que le daban los muros de la cárcel frente a nevadas y ventoleras anteriores y aún peores. Además, estaban las obras de los bloques de viviendas y de la urbanización entre ellos y lo que se dejó en pie de la cárcel (hoy ‘okupado’), siempre problemáticas para el arbolado. Las losas empleadas resultaron nefastas para el árbol: acumularon agua en su cuello, lugar extremadamente delicado. Hubo intermitencias en su riego, por cortes en los tubos de riego por goteo. Finalmente, la excepcional sequía de este verano lo ha rematado.

En resumen, el laurel de la cárcel vivió muy bien mientras estuvo “encarcelado” y la “libertad” sentó muy mal a su salud. Ciertamente, gracias a la presión vecinal y a las campañas ecologistas el laurel se mantuvo en su sitio y obtuvo una atención mayor de lo normal. Pero la vida de un árbol no depende sólo del cariño de los humanos, ni siquiera de las atenciones profesionales: la muerte los persigue (como a todo ser vivo) desde que nacen y el laurel de Torrero ha llegado a sus últimos días.

Se ha difundido que el laurel “está muerto”. Quienes lo han dicho no han explicado con qué medios ha constatado su defunción. Por el contrario, el jefe de Arboricultura de Parques y Jardines hizo una reciente medición con un shigómetro (por Alex Shigo, su inventor) y comprobó que a metro y medio de altura hay una zona viva, que da al Oeste y conecta con ese lado de la copa. No es seguro que en la copa haya vida. En todo caso, las hojas que le nazcan en ese lado serán insuficientes para mantener viva tanta masa arbórea. En su informe recomienda que se espere a la primavera para ver qué sucede, pero avisa que está “en estado general de deterioro absoluto”. Difícilmente sobrevivirá.

Me permito hacer una propuesta: despidámonos del laurel de Torrero como de un viejo familiar querido. Hagámoslo con elegancia, colectivamente. Y pidamos que se plante en su lugar otro laurel que tome el testigo de una vida que ha llegado a ser símbolo de una vivencia ciudadana. Que al “laurel de la cárcel” le suceda el “laurel de la libertad”. Honremos el pasado. Miremos al futuro.

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REALIDAD E IZQUIERDISMO

REALIDAD ACTUAL E IZQUIERDISMO DESFASADO

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Hacemos análisis sobre los resultados electorales en Andalucía, sobre la situación de IU y de Podemos y lanzamos reiteradas propuestas de unidad de la izquierda. El problema que no  abordamos es por qué está como está (de mal), nuestra sociedad actualmente y por qué se abstiene o vota lo que vota. Creo que el optimismo de fondo de muchos es infundado y que evita mirar hacia las raíces de la situación actual de las clases populares y de las organizaciones populares de nuestro país, que no han registrado sino lo más aparente y superficial de los vertiginosos cambios que ha experimentado nuestra sociedad en los comienzos del siglo XXI y que no han adaptado sus formas de organización ni de acción a la más lúcida y fluida vivencia de los individuos de hoy día.

 

La situación real de la vida cotidiana de la mayoría de la población se ha analizado con las orejeras y esquematismos de grupos ahítos de un voluntarismo y un “vanguardismo” absolutamente estéril, pese a que de su propia esforzada práctica cotidiana podrían extraer una visión más acorde con la realidad que tratan. El PCE y IU (muy influida por él), se dejó llevar cada vez más hacia un izquierdismo solo comparable al del PCE de los años 20… y al de grupos izquierdistas nacidos a finales de los años 60.

 

Por otra parte (no de la parte de PCE o IU), surgió el 15 M. Y luego las “mareas” y las “marchas”, el uso de las redes sociales y la cibermovilización. Y todo el mundo se apuntó, evitando rechazar acciones violentas de grupos incontrolados e incluso intentando “gamonalizar” la vida política en un viaje a ninguna parte. Luego, en cuanto se atisbó el horizonte electoral, de la “insurrección”, de la movilización constante y de la convocatoria diaria de asambleas de todo tipo, se pasó al tacticismo entre las cúpulas de formaciones que descubrieron súbitamente, unas en las otras, que estaban literalmente llenas de mala gente mal avenida, de la que no se podía esperar sino maldades sin cuento. Y nació Podemos.

 

A algunos nos ha dado la impresión de que estuvimos saliendo a la calle para que ese grupo nuevo, Podemos, aprovechase aquella novedad en su solo y propio beneficio y se proclamase ungido adalid de la más absoluta modernidad… y exclusividad. Pero ahora comienza a dar la impresión de que en ese partido no hay mucho de nuevo: ni en su discurso, ni en sus métodos, ni en su organización, ni en sus análisis de la situación, que se parece al que ahra ya domina en el PCE y en IU y dominaba hace 40 y 30 años en grupos como el MCE, en el PTE, algunos de cuyos viejos dirigentes, por cierto, han entrado a formar parte del entramado y de las candidaturas de Podemos.

 

¿Puede la mayoría de la población de este país aprovechar algo de toda la retórica “revolucionaria” que se exhibe en estos momentos? ¿Puede sentirse reflejada en los programas de la izquierda? ¿Puede ver sin escepticismo los ambiciosos objetivos electorales que se plantean? ¿Puede acudir en tromba a votar a sus candidaturas?
La realidad se impone. Ningún izquierdismo hará cambiar una realidad que no se quiere o no se sabe o no se puede analizar con ciencia y no con autocomplacencia. Y así andamos. Y parece que seguiremos andando. Porque no apetece saber realmente qué hace que la mayoría social que podría promover y hacer suyos los cambios necesarios para la mejora de sus condiciones de vida esté como está y actúe como más le convendría.

 

TIEMPO EN POLÍTICA. QUÉ PODEMOS ESPERAR.

sombras

Hay un tiempo en política que no se mide con la exactitud de los relojes sino con la intuición y la experiencia, un tiempo que no es propiamente tiempo sino la ocasión y la posibilidad de que suceden cosas, de que se pueda conseguir que surjan novedades y se afiancen corrientes no sólo de opinión sino de acción, formas de acción formas de organización formas de pensamiento sobre la misma raíz del quehacer político.

Llevamos mucho tiempo en los relojes sin que avancen las ruedas de los cambios, unos cambios que atisbamos por contraposición a las características de una realidad más o menos conocida y sufrida y rechazada pero al fin y al cabo una realidad que lleva enraizada durante años echando raíces durante decenios asegurándose la posteridad con instrumentos muy sofisticados (también con otros muy burdos). Y estamos a la espera mientras actuamos: esperamos que con cada “nueva” actuación todo ese mundo “acabado” se desplome y dé paso a una sucesión magnífica de aperturas a novedades que permitan expresarnos con más claridad y defendernos con más eficacia. Pero el tiempo no es un aliado, de por sí, en política: también se pudren desgraciadamente muchas iniciativas en las torrenteras secas después de rápidas tormentas y en las lagunas quietas de multitud de actitudes que no reaccionaron.

Lo más peligroso, en política, creo, es actuar por pura desesperación, rayana en fanatismo, y en ella mantenerse activos creyendo que el tiempo nos dará la razón. Hay mucha desesperación hoy día en la política y en los aledaños de la política, todo un mundo desesperado de militancias y afinidades, votantes y programáticas, noticias deslumbrantes y mazazos más o menos científicamente propinados desde los centros del poder.

No creo que los cambios que deseamos (y son bien distintos y muchos muy débilmente delineados) lleguen pronto en los relojes del tiempo. Intuyo, es un intuir, que pasará toda una generación sin que las nuevas trazas soporten nuevas actitudes y nuevas acciones. Aguantar tanto tiempo manteniendo la vista en un horizonte borroso y no dejando de actuar frente a las acechanzas insistentes del poder (aparentemente cada vez más omnímodo) requiere mucha entereza y algo más que paciencia.

Posiblemente ninguna generación anterior a la nuestra se ha enfrentado a un panorama semejante a la hora de actuar en política: las reglas del juego, desde por lo menos el Siglo de las Luces, estaban claramente establecidas y se actuaba sin ponerlas en cuestión. Unas reglas del juego que han saltado por los aires y se han hecho inservibles y en las que, pese a todo, mucha buena gente se siente cómoda, cargada de ese maldito “sentido común” que rechazara Gramsci (que veía la crisis de la actividad política con una especie de intuición suicida: desde dentro y sin salida).

¿Cuánto hay de nuevo, realmente, en todo lo que ha surgido en los últimos años en política? Personalmente, me parece que muy poco, una porción ínfima comparada con lo establecido y en funcionamiento. Y además ese poco lleva en sí mismo aún el signo de otros tiempos de otras actitudes ante la vida que ya no sirven para cambiar el mundo por la sencilla razón de que son parte de la parte más muerta de ese mundo que hace tiempo que murió. En realidad, son apenas algo más que detritus de la putrefacción política de tres siglos “perdidos” para la revolución.

Que en la intimidad de toda esa serie de detritus que hoy son las organizaciones políticas y sociales se produzcan reacciones químicas capaces de dar nuevas vidas, no lo pongo en duda. Que veamos erguirse un solo ser distinto en el ámbito político quienes hoy convivimos con esto que se acaba, no es que lo dude: lo niego. Y creo firmemente que solo desde esa negación puede aguantarse a pie firme una actitud personalmente rebelde y socialmente revolucionaria. Hoy el opino del pueblo son las fantasías de la mayoría de los implicados en la vida política de cada país, los efluvios somníforos y analgésicos que desde tantas y tan distintas voces emanan hacia la mayoría de la población. Hoy el opio del pueblo es lo que aún llamamos “política”, que lleva tantas tres siglos convertida en religión.

PARA EMPEZAR

si sabes a dónde vas no vengas conmigo

si sabes a dónde vas no vengas conmigo

Una vez que decidimos zarpar es para siempre no hay vuelta no hay puerto fijo no hay meta que alcanzar será la travesía y sus misterios sus revelaciones serán las compañías los encuentros los desencuentros las lecturas la contemplación será ese ser náutico infinito que nos haremos fieles a las corrientes marinas a los vientos a las constelaciones.

En este barco no hay forma de saber si se está o no se está si se sirve para algo si alguien quiere o necesita nada de ti: si vienes habrás de aceptar que las palabras son objetos volátiles de imprevisibles efectos y que los gestos no ayudan mucho a deslindar significados cuando además aquí a bordo se hablan casi todas las lenguas del mundo se creen todas las religiones se organizan revoluciones para cada día y se bebe la melaza más fuerte que puede soportarse sobre las olas.

Así que si embarcas habrás de saber cuidarte y cuidar a quienes aquí van sin recelos ni escrúpulos ni morales intrusas. Eres tú y lo que vaya quedando de ti conforme la navegación avance. Podrás lanzar tus manifiestos y proclamas podrás cantar tus más íntimas quemazones podrás abandonarte a los tibios colores de la tarde o buscar en los helados amaneceres la razón de tu viaje. No te arrepentirás. Y si te arrepintieras sería de no haber embarcado antes.